Ya entendí todo, pero aún me sigo apegando
Puede que a estas alturas hayas entendido muchas cosas.
Entendiste que la relación terminó.
Entendiste que esa persona ya no está en tu vida de la misma manera.
Quizás también entendiste que muchas de las cosas que encontrabas en esa relación puedes buscarlas en otros lugares.
Y quizás incluso comenzaste a comprender que algunas de esas cosas también puedes aprender a dejarlas de necesitar.
Tus amigos te lo han dicho.
Lo has leído en un libro.
Quizás también te lo ha explicado un psicólogo.
Y, sin embargo…
Te sigues apegando.
¿Por qué?
Porque entender algo no significa necesariamente que vayamos a dejar de hacerlo.
Cuando estamos tristes, queremos ir hacia esa persona.
Cuando sentimos deseo, queremos buscarla.
Cuando nos ocurre algo importante, queremos contárselo.
Cuando necesitamos cariño, queremos recibirlo de ella.
Cuando sentimos cariño, queremos dárselo.
Cuando tenemos miedo, queremos recurrir a ella.
Cuando estamos felices, queremos compartirlo con ella.
Cuando necesitamos compañía, queremos que sea esa persona quien nos acompañe.
Todo eso forma parte de lo que llamamos apego.
Y muchas de esas maneras de responder no aparecieron de un día para otro.
Las aprendimos.
Durante meses o años fuimos aprendiendo que, cuando ocurrían determinadas cosas, esa persona estaba ahí. Aprendimos a buscarla, a contarle, a llamarla, a abrazarla, a recurrir a ella.
Y que una relación termine no significa que todas esas maneras de responder desaparezcan automáticamente.
Puedes saber perfectamente que la relación terminó y, aun así, seguir sintiendo el impulso de hacer aquello que aprendiste a hacer durante tanto tiempo.
A mí me ocurre algo parecido con mi propia historia.
Pasé veinticinco años en la Armada. Estudié en la Escuela Naval, fui Infante de Marina y trabajé durante años en unidades operativas.
Durante todo ese tiempo aprendí una serie de formas de comportarme frente a determinadas personas y en determinados contextos.
Imagina que un día estoy en un supermercado, en un banco o haciendo una fila y me encuentro de pronto con un antiguo superior al que conozco.
Probablemente voy a sentir algo muy particular.
Voy a pensar:
—¡Chuta! Es mi antiguo comandante.
Y casi automáticamente aparecerá en mí la tendencia a acercarme y decir:
—¿Cómo está, mi comandante? Qué gusto saludarlo.
Él probablemente me responderá:
—¡Hugo! Qué gusto verte.
Y después de eso voy a sentir cierta tranquilidad.
Ahora bien, podría simplemente seguir caminando.
También podría decir:
—Hola, Jorge. ¡Tanto tiempo!
Y continuar con lo que estaba haciendo.
No ocurriría ninguna tragedia.
Pero hay una forma de responder que aprendí durante muchos años y que aparece con una enorme facilidad cuando se presenta esa persona y ese contexto.
Y aquí tenemos que detenernos a pensar.
No solamente preguntarnos:
«¿Por qué sigo saludando a mi antiguo comandante?»
Sino comenzar a preguntarnos:
«¿Qué es todo lo que está ocurriendo antes de que yo lo salude?»
¿Dónde estoy?
¿Qué acaba de ocurrir?
¿Qué estoy haciendo?
¿Con quién estoy?
¿Qué estoy percibiendo en ese momento?
No necesitamos responder todas esas preguntas inmediatamente.
Lo importante es comenzar a mirar.
Y exactamente lo mismo podemos hacer con nuestro ex.
En lugar de preguntarnos solamente:
«¿Por qué sigo pensando en él?»
podemos comenzar a preguntarnos:
«¿Qué es todo lo que está ocurriendo antes de que yo empiece a pensar en él?»
Quizás estoy solo.
Quizás acaba de ocurrir algo.
Quizás estoy terminando un día difícil.
Quizás estoy haciendo algo que antes hacía con esa persona.
Quizás aparece algo que me la recuerda.
Quizás simplemente estoy en determinado lugar, haciendo determinada cosa, y entonces comienzo a pensar en ella.
No se trata de encontrar una explicación escondida dentro de nosotros.
Se trata de comenzar a observar.
Porque si queremos modificar una manera de responder, primero necesitamos comprenderla.
Y para comprenderla no basta con mirar solamente la conducta que aparece.
Tenemos que mirar también todo lo que ocurre antes de que aparezca.
Eso cambia bastante la pregunta.
Ya no se trata solamente de:
«¿Por qué sigo pensando en mi ex?»
Comenzamos a preguntarnos:
«¿En qué circunstancias aparece ese pensamiento?»
«¿Qué estaba ocurriendo justo antes?»
Y poco a poco empezamos a descubrir relaciones que antes no veíamos.
Pero todavía falta algo.
Porque después de comprender lo que hacemos, tenemos que aprender a hacerlo de otra manera.
Entender por qué saludo a mi antiguo comandante no significa que la próxima vez necesariamente voy a dejar de saludarlo.
La próxima vez puedo volver a encontrármelo.
Y entonces tendré que experimentar qué ocurre si, en lugar de hacer exactamente lo que siempre he hecho, hago algo diferente.
Quizás simplemente digo:
—Hola, Jorge. Qué gusto verte.
Y sigo con mi vida.
La próxima vez puede resultar más fácil.
O quizás no.
Y entonces vuelvo a practicar.
Porque cambiar aquello que aprendimos no consiste solamente en comprenderlo.
También consiste en hacer algo diferente y aprender una nueva manera de responder.
Y eso mismo tendremos que hacer con el desapego.
Por eso, en este punto, ya podemos comenzar a mirar nuestras propias conductas de una manera diferente.
No solamente preguntarnos qué hacemos.
No solamente preguntarnos por qué lo hacemos.
Sino comenzar a observar qué ocurre antes de que lo hagamos.
Porque quizás ahí está una parte importante de la respuesta que estamos buscando.
Y para poder cambiar todo esto, en el próximo capítulo vamos a utilizar algo que probablemente no esperabas encontrar en un libro sobre desapego.
Algo que tiene que ver con…
las matemáticas.
Vamos a la Parte 9.
le di muchas vueltas a esa pregunta y creo que pienso en él cuando estoy sola generalmente. aunque muchas veces los pensamientos llegan de la nada y es frustrante
gracias
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