El maravilloso viaje del desapego [PARTE 10]

Y entonces, ¿cómo dejo de pensar en mi ex?

En la parte anterior conocimos la función matemática y vimos cómo se relacionan sus elementos. Recordemos el ejemplo que utilizamos: Y = 2X + 1.

Si introducimos un valor de 10 para X, el resultado de Y será 21. Si volvemos a introducir el mismo valor de X y mantenemos la misma función, obtendremos nuevamente 21. La operación no ha cambiado y el valor de entrada tampoco. Por eso, el resultado es el mismo. (Es como decir: «si sigo haciendo lo mismo no puedo obtener resultados diferentes»)

Ahora llevemos esta idea al terreno del desapego.

Imagina que hay una conducta que te molesta, que te hace sufrir o que simplemente quisieras dejar de realizar. Por ejemplo, pensar constantemente en tu expareja, culparte, martirizarte, sentir el impulso de escribirle, revisar sus redes sociales o buscar cualquier excusa para volver a tener contacto con ella.

En nuestra función, esa conducta es la Y: el resultado que queremos comprender. (Por ejemplo: «¿Por qué sigo pensando en mi ex?» [¿Por qué en la función al introducir un valor de X=10 el resultado Y sigue siendo 21?»

La pregunta importante es: ¿qué es lo que está ocurriendo para que ese resultado siga siendo el mismo?

Puedes leer libros, escuchar consejos, conversar con tus amigos, acudir a terapia o incluso visitar a un tarotista para intentar comprender lo que te sucede. Puedes acumular explicaciones y llegar a conclusiones que antes no tenías. Sin embargo, si las condiciones que están participando en la función siguen siendo las mismas, (Y=2X+1)es posible que continúes obteniendo el mismo resultado 21 (Tu conducta), para un valor de X=10 (tu ex)

Al volver a nuestra función matemática: Si mantenemos la misma fórmula y utilizamos el mismo valor de entrada, obtendremos el mismo resultado. Para obtener un resultado diferente, algo en la operación tiene que cambiar.

En el caso de la conducta humana, esto no significa que exista una ecuación matemática que determine de manera exacta lo que harás. Significa que, si queremos comprender por qué una conducta sigue apareciendo, necesitamos investigar las relaciones que la hacen posible y las condiciones que contribuyen a que se mantenga.

Por eso, entender intelectualmente que una relación terminó no garantiza que dejes de pensar en esa persona. Recibir un buen consejo tampoco garantiza que desaparezca el impulso de buscarla. Y repetir una y otra vez que tienes que soltar no necesariamente modifica las condiciones que participan en esas conductas.

El desafío, entonces, no consiste solamente en cambiar el resultado que observas, sino en comprender qué está ocurriendo en la función que lo produce.

En la parte anterior aprendimos que, cuando se trata de conductas, entre la X y la Y no hay necesariamente una operación numérica como la del ejemplo matemático. Cuando analizamos la conducta humana, necesitamos investigar distintos aspectos de la situación: nuestra historia de aprendizaje, el contexto en el que nos encontramos, las reglas verbales que influyen en nuestra manera de actuar y las consecuencias que siguen a nuestras conductas.

Pero ¿cómo se hace esto en la práctica? ¿Cómo pasamos de una fórmula que parece abstracta a comprender algo tan cotidiano como seguir pensando en una expareja?

Veamos un ejemplo.

Una vez, un paciente de unos 40 años llegó a consulta porque, aunque habían pasado varios meses desde el término de su relación, seguía pensando en su expareja. Lo que más le preocupaba era que esto le ocurría todos los días, especialmente al despertar por las mañanas.

Él ya había leído sobre el desapego, comprendía que la relación había terminado y sabía que necesitaba seguir adelante. Sin embargo, cada mañana volvía a encontrarse con el mismo problema: abría los ojos y comenzaba a pensar en ella. Esto le provocaba frustración, porque sentía que, a pesar de todo lo que había aprendido, seguía en el mismo lugar.

Cuando comenzamos a examinar su situación, le pregunté qué ocurría en esos momentos. ¿Qué estaba haciendo antes de pensar en ella? ¿En qué circunstancias aparecían esos pensamientos? ¿Qué lugar había ocupado esa persona en su vida?

A medida que conversábamos, aparecieron algunos antecedentes importantes. La relación había durado un poco más de un año y, durante ese tiempo, ella se había convertido en su principal fuente de apoyo emocional. Su familia vivía lejos y no contaba con una red de apoyo significativa en su entorno cercano. Cuando le ocurría algo importante, cuando quería compartir una experiencia o cuando necesitaba conversar sobre alguna preocupación, ella era la persona a quien recurría.

Además, pensar en ella por las mañanas no era algo que hubiera comenzado después de la ruptura. Durante la relación, despertarse y pensar en su pareja ya formaba parte de su vida cotidiana. Era una conducta que aparecía en el contexto de esa relación.

Después de la ruptura, algunas de esas circunstancias cambiaron, pero el seguía despertándose en un contexto en el que había aprendido a pensar en ella y en el que esa persona había ocupado un lugar importante en su vida. Cuando aparecían esos pensamientos, intentaba quitárselos de la cabeza y se enfadaba consigo mismo por seguir pensando en ella. Esto añadía frustración a una experiencia que ya le resultaba difícil.

Ahora volvamos a nuestra función.

Si la conducta que queremos comprender es pensar en su expareja al despertar, esa conducta corresponde a la Y, es decir, al resultado que estamos intentando explicar.

¿Y qué encontramos en la X?

En primer lugar, encontramos las circunstancias en las que esa conducta aparece. En este caso, el momento de despertar por las mañanas es una de ellas. Pero no basta con señalar la hora del día. Necesitamos investigar qué relación tiene ese contexto con su historia de aprendizaje y con las experiencias que ha vivido.

En su caso, encontramos que, durante seis meses, su expareja había sido su principal fuente de apoyo emocional; que había aprendido a compartir con ella sus experiencias, preocupaciones y acontecimientos cotidianos; y que pensar en ella por las mañanas ya ocurría durante la relación. También encontramos que su red de apoyo fuera de la pareja era limitada.

Estos antecedentes no constituyen una fórmula matemática literal ni nos permiten predecir con exactitud lo que hará una persona. Nos ayudan a comprender las relaciones que podrían estar participando en la conducta (Y) que queremos analizar.

¿Significa esto que la solución consiste simplemente en dejar de pensar en ella? No. Tampoco significa que deba obligarse a estar acompañado todo el tiempo o que tenga que dejar de disfrutar de la soledad. El problema no era que no pudiera estar solo, sino que había perdido a una persona con quien compartía buena parte de su vida emocional y cotidiana.

Por lo tanto, una de las posibilidades que podíamos explorar era ayudarlo a construir otras fuentes de apoyo emocional, ampliar sus oportunidades de compartir con otras personas y desarrollar recursos para acompañarse a sí mismo cuando necesitara procesar una experiencia o afrontar una dificultad. No se trataba de sustituir a su expareja por otra persona, sino de ampliar las posibilidades con las que contaba para responder a sus propias necesidades.

Si algunas de las condiciones que participaban en la función comenzaban a cambiar, también podían cambiar las condiciones en las que aparecía esa conducta (Y=pensar en su ex) y la relación que mantenía con ella. Esto no significaba que dejaría de pensar en su expareja de un día para otro, ni que todos los cambios tendrían que producirse para que pudiera experimentar alguna mejoría. Significaba que habíamos dejado de limitarnos a combatir el resultado y comenzábamos a trabajar sobre aspectos relevantes de su situación.

Hay algo más que necesitamos comprender.

Cuando una conducta nos molesta, es natural que intentemos modificarla directamente. Si pensamos en nuestra expareja y no queremos hacerlo, tratamos de sacar ese pensamiento de nuestra mente. Si sentimos el impulso de escribirle, luchamos contra las ganas de hacerlo. Si volvemos a extrañarla, nos reprochamos seguir sintiendo lo mismo.

Es como si intentáramos cambiar directamente el resultado de nuestra función, sin examinar lo que está ocurriendo en ella.

Volvamos por un momento al ejemplo matemático. Si nuestra función es Y = 2X + 1 y el valor de X es 10, el resultado es 21. No podemos decidir que, porque el resultado nos desagrada, ahora tiene que ser 22. Si queremos obtener un resultado diferente, tenemos que modificar alguno de los elementos de la operación.

En la conducta humana, por supuesto, no estamos ante una ecuación matemática literal. Pero la comparación nos ayuda a comprender algo importante: no basta con exigirnos que dejemos de pensar en nuestra expareja para que esos pensamientos desaparezcan. Tampoco basta con enfadarnos con nosotros mismos cada vez que aparecen.

Intentar eliminar el pensamiento a la fuerza no equivale a modificar las condiciones que participan en su aparición. Incluso puede añadir una nueva dificultad: ahora, además de pensar en esa persona, nos frustramos por seguir pensando en ella.

Por eso, en lugar de convertir cada pensamiento en una batalla, podemos empezar a observar cuándo aparece, en qué circunstancias, qué relación tiene con nuestra historia y qué hacemos cuando surge. Así podremos investigar qué aspectos de nuestra situación necesitamos modificar y qué nuevas conductas podemos desarrollar.

No se trata de obligar a la Y a convertirse en otra cosa por el simple hecho de que no nos guste el resultado. Se trata de comprender la función y trabajar sobre las condiciones relevantes para que puedan producirse cambios en nuestra conducta.

Ese cambio de perspectiva es fundamental. Porque el desapego no consiste en ganar una pelea contra cada pensamiento que aparece, sino en aprender a relacionarnos de otra manera con lo que nos ocurre y construir nuevas formas de actuar.

Y aquí viene algo importante.

Cuando modificamos los elementos de una función matemática, el resultado cambia como consecuencia de esa modificación. Si cambiamos el valor de X o modificamos la operación, ya no tenemos por qué obtener el mismo resultado. No necesitamos convencer a la Y de que sea diferente, ni pedirle que cambie. El resultado cambia porque hemos modificado aquello de lo que depende.

Con la conducta humana podemos comprender algo semejante. Cuando dejamos de concentrar todos nuestros esfuerzos en combatir directamente aquello que pensamos, sentimos o hacemos, y comenzamos a modificar las condiciones relevantes de nuestra vida, pueden empezar a aparecer cambios en nuestra conducta sin que tengamos que forzarlos de manera directa.

Quizás descubras que, después de construir una red de apoyo más sólida, encuentras otras personas con quienes compartir lo que te sucede. Quizás, al desarrollar nuevas formas de afrontar tus momentos de soledad, los pensamientos sobre tu expareja comiencen a ocupar un lugar diferente en tu día. No necesariamente desaparecerán de inmediato, pero puede cambiar la manera en que aparecen, la importancia que tienen para ti y lo que haces cuando surgen.

Y esto es fundamental: no siempre necesitamos esforzarnos por dejar de pensar en alguien, dejar de extrañarlo o dejar de sentir el impulso de buscarlo. Podemos trabajar en construir las condiciones para vivir de otra manera. Cuando esas condiciones cambian, nuestra conducta también puede cambiar, sin que tengamos que convertir cada pensamiento o cada emoción en una batalla.

El desapego, entonces, no consiste en obligarte a obtener un resultado diferente. Consiste en comprender qué está ocurriendo en tu función y aprender a modificar aquello que puede hacer posible ese cambio.

Porque a veces, mientras más luchas directamente contra una conducta, más atrapado quedas en ella. En cambio, cuando empiezas a transformar las condiciones en las que vives, puedes descubrir que algunas de las conductas que tanto querías cambiar comienzan a perder su lugar, no porque hayas conseguido vencerlas a la fuerza, sino porque tu vida ha empezado a funcionar de otra manera.

En la siguiente parte conoceremos distintos ejemplos de personas que, después de una ruptura, seguían realizando conductas de apego que querían cambiar. Veremos cómo analizamos esas conductas, qué condiciones resultaron relevantes en cada caso y qué cambios permitieron que comenzaran a relacionarse de otra manera con lo que les ocurría.

Porque una cosa es comprender la función en teoría y otra muy distinta es aprender a reconocerla en situaciones concretas de nuestra vida. Y es precisamente eso lo que haremos a continuación: llevar esta forma de comprender la conducta al terreno de la experiencia cotidiana.

Vamos a la Parte 11.

© Hugo Huerta Fernández — El maravilloso viaje del desapego. Todos los derechos reservados.

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