El maravilloso viaje del desapego [PARTE 11]

Las historias de esta sección se inspiran en experiencias y situaciones reales relacionadas con las rupturas de pareja. Los personajes, diálogos y circunstancias narradas pueden haber sido recreados o modificados con fines ilustrativos, de modo que cada relato constituye una elaboración narrativa y no una reproducción literal de una historia particular.

¿Y si el problema no fuera que no sabes poner límites?

Muchas personas me escriben para contarme lo que les está ocurriendo después de una ruptura y preguntarme: «Hugo, ¿qué hago? ¿Cómo dejo de hablar con mi ex? ¿Cómo consigo que deje de afectarme lo que hace? ¿Por qué sigo respondiendo sus mensajes si sé que después me siento mal?».

Buscan un consejo. Algo que puedan hacer para dejar de comportarse de una manera que les está causando sufrimiento.

Y es comprensible. Cuando estamos sufriendo, queremos encontrar una solución que nos permita cambiar lo que nos pasa. Sin embargo, hay algo que necesitamos comprender: si llevas tiempo repitiendo una conducta que quieres modificar, es posible que existan razones importantes que estén contribuyendo a mantenerla, aunque sus consecuencias también te hagan sufrir.

Por eso, recibir un consejo no siempre es suficiente. Alguien puede decirte que bloquees a tu expareja, que dejes de responderle, que ocupes tu tiempo en otras cosas o que aprendas a poner límites. Quizás incluso tú mismo sabes que deberías hacer alguna de esas cosas. Pero, si comprender lo que deberías hacer fuera suficiente para cambiar tu comportamiento, probablemente ya lo habrías hecho.

La pregunta que necesitamos hacernos es otra: ¿qué está ocurriendo en tu vida y en tu historia que hace que sigas comportándote de esa manera?

Quiero contarte el caso de Ana.

La historia de Ana y Julio

Ana había mantenido una relación con Julio durante varios años. Era una relación de pareja sin convivencia permanente: se encontraban, compartían momentos juntos y, en algunas ocasiones, convivían de manera intermitente, pero no llegaron a establecer una vida cotidiana juntos de forma estable.

Al comienzo de la relación hicieron una promesa: pasara lo que pasara, siempre estarían el uno para el otro. Si alguno necesitaba ayuda, podía contar con el otro. Si alguno atravesaba un momento difícil, el otro estaría disponible para escucharlo y apoyarlo.

Con los años, Ana aprendió que estar presente cuando Julio la necesitaba era una manera de cuidar la relación. Cuando él tenía problemas, ella lo escuchaba; cuando necesitaba apoyo, ella procuraba estar disponible. Esa forma de comportarse había adquirido un significado especial dentro de la historia que ambos habían construido.

Sin embargo, llegó el momento en que la relación terminó.

Aunque ya no eran pareja, Ana y Julio continuaron trabajando en la misma empresa. Compartían el lugar de trabajo y, por lo tanto, seguían teniendo oportunidades de encontrarse y mantener el contacto.

Julio, además, continuó recurriendo a Ana. A veces la llamaba para saludarla; otras veces le contaba sus problemas, le pedía apoyo o compartía con ella aspectos íntimos de su vida. Seguía tratándola como una persona de confianza, alguien con quien podía conversar y contar cuando lo necesitaba.

Para Julio, esa cercanía podía resultar natural. Después de tantos años, Ana seguía siendo alguien importante en su vida.

Pero para Ana la situación era diferente.

Cada vez que Julio la llamaba, ella tenía dificultades para decirle que no. Lo escuchaba, respondía sus mensajes y volvía a ocupar ese lugar de apoyo que había tenido durante la relación. Sin embargo, después de esos contactos, le costaba manejar lo que sentía. Mantener esa cercanía con alguien con quien ya no estaba en pareja le resultaba emocionalmente difícil.

Ana quería aprender a poner límites, pero no entendía por qué le costaba tanto hacerlo.

Sabía que la relación había terminado. Comprendía que ya no tenían el mismo vínculo de antes. Incluso podía reconocer que continuar estando disponible para Julio no siempre le hacía bien.

Entonces, ¿por qué seguía haciéndolo?

Busquemos la respuesta en la conducta

Cuando intentamos comprender por qué una persona sigue comportándose de una manera que quiere modificar, no basta con observar lo que hace. Necesitamos indagar en las condiciones relacionadas con esa conducta.

Recordemos la fórmula que presentamos en la entrega anterior:

Y = f(X)

La Y representa la conducta que queremos comprender y modificar. La X corresponde a las condiciones que necesitamos investigar, mientras que la función representa la relación entre esas condiciones y la conducta.

En el caso de Ana, la Y era bastante concreta: continuar respondiendo a Julio, escuchándolo y ofreciéndole apoyo, incluso cuando hacerlo le producía malestar emocional.

¿Y qué ocurría antes de esa conducta?

Julio la llamaba, le contaba sus problemas o le pedía ayuda. Ambos seguían trabajando en la misma empresa, por lo que el contacto continuaba siendo posible.

Pero esos antecedentes no explicaban por sí solos por qué a Ana le resultaba tan difícil responder de otra manera.

Necesitábamos mirar también su historia.

Durante años, Ana había aprendido que estar disponible para Julio era una forma de cuidar el vínculo. Apoyarlo cuando lo necesitaba había formado parte de la relación y había contribuido a fortalecer esa manera de relacionarse.

Además, había algo más.

Durante la indagación apareció el recuerdo de aquella promesa que ambos habían hecho al comienzo: «Pase lo que pase, siempre vamos a estar el uno para el otro».

Esa frase seguía siendo importante para Ana. Aunque la relación había terminado, el compromiso que habían formulado juntos continuaba influyendo en cómo interpretaba las solicitudes de apoyo de Julio y en lo que sentía que debía hacer frente a ellas.

La promesa se había convertido en una regla verbal que podía estar participando en el mantenimiento de su conducta.

Imagina lo que podía ocurrir cada vez que Julio llamaba a Ana. Quizás ella quería dejar de responderle, porque sabía que mantener esa cercanía le hacía daño. Pero, en ese momento, aparecía aquella frase que ambos se habían prometido años atrás: «Pase lo que pase, siempre vamos a estar el uno para el otro».

Esa regla verbal podía influir en lo que Ana hacía a continuación. A pesar de sus intenciones de poner límites, terminaba contestando la llamada, escuchándolo y ofreciéndole apoyo una vez más.

Así, cuando Julio volvía a contactarla, la situación podía repetirse: él la llamaba, la promesa seguía influyendo en cómo Ana interpretaba ese contacto y ella volvía a comportarse de acuerdo con el compromiso que había adquirido durante la relación.

Ana no solo recibía una llamada y decidía si contestarla. También se encontraba con una historia de aprendizaje y con una regla que le recordaba el compromiso que había adquirido: estar ahí para él, pasara lo que pasara.

Ahora podíamos comprender mejor por qué un consejo como «simplemente aprende a decirle que no» podía quedarse corto. No bastaba con que Ana supiera que tenía derecho a poner límites. Necesitábamos trabajar con algunas de las condiciones que podían estar haciendo tan difícil que pudiera hacerlo.

Cambiar una regla para facilitar una conducta diferente

Durante el proceso, Ana y yo trabajamos en revisar aquella promesa.

No se trataba de negar lo que había significado la relación ni de concluir que apoyar a Julio había sido un error. Durante años, estar disponible para él había formado parte de una relación que ambos habían elegido mantener.

El problema era que las condiciones habían cambiado. Ya no eran pareja, pero Ana seguía respondiendo, en parte, bajo una regla formulada cuando estaban juntos.

Por eso, trabajamos en una nueva manera de expresar ese compromiso:

«Voy a estar apoyándote siempre y cuando esto no me afecte emocionalmente».

La diferencia puede parecer pequeña, pero introduce una condición que antes no estaba contemplada: el bienestar emocional de Ana también debía ser considerado.

Ya no se trataba de estar disponible para Julio pasara lo que pasara. Ahora podía evaluar si ofrecerle apoyo era compatible con su propio bienestar.

A medida que Ana trabajó con esta nueva formulación, comenzó a disminuir su necesidad de responder siempre. Pudo empezar a relacionarse de otra manera con esas solicitudes de contacto, incluso compartiendo el mismo lugar de trabajo con Julio y conservando la historia de aprendizaje que había construido durante años.

Observa lo que ocurrió: Julio seguía siendo la misma persona, ambos continuaban trabajando en la misma empresa y Ana no había borrado su historia con él. Las oportunidades de contacto seguían existiendo.

Sin embargo, Ana comenzó a comportarse de una manera diferente en un contexto que no había cambiado sustancialmente.

La revisión de aquella regla verbal fue una parte importante de ese proceso. No borró su historia ni garantizó automáticamente un cambio, pero le permitió reconsiderar el compromiso, tener en cuenta sus propias necesidades y comenzar a responder de otra manera.

¿Qué reglas están influyendo en tu conducta?

Al revisar la historia de Ana, quizás te hayas dado cuenta de que su conducta de apego no se explicaba necesariamente porque siguiera enamorada de Julio, porque fueran almas gemelas o porque el destino estuviera enviándole alguna señal. Había una variable que podía estar influyendo directamente en su conducta: una regla verbal que había aprendido y que seguía orientando su manera de actuar cada vez que Julio la contactaba. Al revisar y modificar esa regla, Ana comenzó a relacionarse de otra manera con esas situaciones y su conducta de apego fue disminuyendo.

Quiero que te detengas un momento y pienses en tu propia historia.

Quizás tu expareja te escribe y sientes que tienes que responder. Quizás te cuesta dejar de revisar sus redes sociales porque te repites que necesitas saber cómo está. O tal vez sigues buscando oportunidades para encontrarte con esa persona porque una parte de ti insiste en que todavía tienes algo pendiente.

¿Qué te dices a ti mismo en esos momentos?

Tal vez te repites frases como:

«Después de todo lo que vivimos, no puedo darle la espalda».

«Si realmente la quiero, tengo que estar ahí cuando me necesite».

«No puedo dejar de contestarle; va a pensar que nunca me importó».

«Necesito saber cómo está para poder quedarme tranquilo».

Estas frases no tienen por qué estar presentes en todas las personas ni producir siempre el mismo efecto. Pero son ejemplos de reglas verbales que vale la pena examinar cuando intentamos comprender por qué seguimos realizando una conducta que queremos modificar.

Pregúntate: ¿qué ocurre justo antes de que hagas aquello que después te cuesta tanto dejar de hacer? ¿Qué frase aparece en tu cabeza? ¿Qué aprendiste durante la relación acerca de lo que debías hacer para cuidar ese vínculo? ¿Sigues comportándote de acuerdo con un compromiso que formulaste bajo condiciones que ya cambiaron?

No se trata de encontrar una frase mágica ni de sustituir un pensamiento por otro y esperar que todo se resuelva. Se trata de identificar las reglas que pueden estar influyendo en tu comportamiento y evaluar si siguen siendo adecuadas para las circunstancias actuales.

Porque, a veces, no basta con saber que necesitas cambiar una conducta. Necesitas comprender qué está contribuyendo a mantenerla.

Y esa comprensión puede ser el comienzo de un cambio.

Continuará…

En las próximas entregas de El maravilloso viaje del desapego seguiremos explorando otros casos, con distintas conductas de apego y diferentes historias de aprendizaje.

Veremos cómo ciertas situaciones, las consecuencias de nuestro comportamiento y las reglas que hemos aprendido pueden influir en la manera en que nos relacionamos con una expareja, incluso cuando sabemos que queremos hacer las cosas de otra forma.

Porque cada historia es diferente. Y cuanto mejor comprendamos las condiciones que participan en nuestra conducta, más posibilidades tendremos de encontrar una manera de modificarla que se ajuste a nuestra propia realidad.

El maravilloso viaje del desapego continúa.

© Hugo Huerta Fernández — El maravilloso viaje del desapego. Todos los derechos reservados.

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