¿Cómo cambiar una conducta de apego que hago en automático?
Llegamos a una de esas preguntas que probablemente te has hecho muchas veces: «Si ya entendí todo, ¿por qué me sigo apegando, pensando en la persona e intentando conexión?»
Ya entendiste que la relación terminó. Ya entendiste que volver probablemente no sería una buena decisión. Ya entendiste que revisar sus redes sociales te hace mal, que escribirle cada vez que sientes tristeza vuelve a abrir una puerta que estabas intentando cerrar y que seguir buscando señales de esa persona mantiene muchas conductas que quieres dejar atrás.
Y, sin embargo, sigues haciéndolo.
Sigues pensando en esa persona, sigues queriendo llamarla, sigues extrañándola, sigues mirando sus redes sociales, buscando fotografías, imaginando qué estará haciendo o repasando una y otra vez lo que ocurrió. A veces incluso puedes tener muy claro que no quieres volver con ella y, aun así, sentir unas ganas enormes de contarle algo que acaba de ocurrirte.
Entonces aparece una pregunta bastante lógica:
«¿Por qué, si ya lo entendí, sigo haciendo lo mismo?»
En la entrada anterior comenzamos a encontrar una respuesta. Una conducta no aparece simplemente porque tú hayas decidido hacerla en ese momento. Muchas de nuestras conductas tienen detrás una historia de aprendizaje. Hemos aprendido a comportarnos de determinadas maneras frente a determinadas situaciones, y ese aprendizaje puede seguir participando en nuestra conducta incluso cuando nuestras ideas actuales han cambiado.
Pensemos nuevamente en el ejemplo que te conté.
Durante mis años en la Marina aprendí determinadas formas de relacionarme con mis superiores. Imagina que, muchos años después de haber dejado la institución, me encuentro en un supermercado con un antiguo comandante. Ya no soy su subordinado, ya no estoy en la Marina y no existe ninguna obligación actual que me indique cómo debo tratarlo. Incluso podría pensar: «La próxima vez que me encuentre con él, simplemente le voy a decir: hola, Jorge».
Pero cuando aparece frente a mí puede ocurrir algo bastante curioso. Lo reconozco, me pongo nervioso y recuerdo quién es. Junto con eso pueden aparecer muchas de las cosas que aprendí durante los años en que estuve en la Marina. Quizás incluso aparecen reglas verbales que he aprendido a lo largo de esa historia: «Es mi comandante», «tengo que saludarlo», «un marino siempre será un marino».
No necesito sentarme a pensar conscientemente cada uno de esos elementos para que participen en lo que hago. Simplemente, frente a esa situación, toda esa historia puede entrar en juego. Y el resultado es que me acerco y le digo:
—¡Mi comandante!
Lo curioso es que yo podría saber perfectamente que ya no es mi comandante. Podría saber que han pasado muchos años, que ya no pertenezco a la institución y que perfectamente podría saludarlo de otra manera.
Podría decirle:
—Hola, Jorge.
Pero sigo haciendo lo mismo.
¿Por qué?
Porque existe una historia de aprendizaje que participa en la conducta.
Y aquí aparece una pregunta todavía más interesante: si esa conducta fue aprendida, ¿se puede cambiar?
Sí.
Podría llegar un momento en que me encuentre nuevamente con ese mismo hombre y pueda decirle tranquilamente «Hola, Jorge», sin ponerme nervioso y sin sentir que estoy haciendo algo incorrecto. Pero para entender cómo podríamos conseguir algo así, vamos a hacer algo que probablemente no esperabas encontrar en un libro sobre el desapego.
Vamos a hablar de matemáticas.
Sí, matemáticas.
Seguramente alguna vez viste esto en el colegio: Una «función»
f(x)
Quizás incluso lo aprendiste, lo memorizaste para una prueba y después lo olvidaste para siempre. No te preocupes, porque ahora vamos a rescatarlo. Y, en realidad, es mucho más sencillo de lo que parece.
Imagina que f(x) es una maquinita.
Una maquinita que tú puedes programar. Tú le dices: «Maquinita, cada vez que yo te entregue un número, quiero que hagas lo siguiente: multiplícalo por 2 y después súmale 1». Y la maquinita simplemente obedece.
Si yo introduzco el número 3, la maquinita hace exactamente lo que le ordené:
3 × 2 = 6
y después:
6 + 1 = 7
Por lo tanto, entra un 3 y sale un 7.
Al número que entra a la maquinita lo vamos a llamar X, mientras que al número que sale lo vamos a llamar Y. Entonces nuestra fórmula podría escribirse así:
Y = 2X + 1
Si pongo 3 en lugar de X:
Y = 2(3) + 1 = 7
Pero aquí hay algo importante. Si vuelvo a poner 3, mientras la fórmula siga siendo la misma, el resultado volverá a ser 7. No puede entrar el mismo número, con la misma fórmula, y salir mágicamente un resultado diferente.
Si pongo 2, en cambio, obtengo:
Y = 2(2) + 1 = 5
Y si vuelvo a poner 2, vuelve a salir 5.
Podemos imaginarlo de esta manera:
3 → [ ×2 +1 ] → 7
2 → [ ×2 +1 ] → 5
La maquinita hace siempre lo mismo porque tiene una determinada programación. Por supuesto, podríamos cambiar la fórmula. Podríamos decirle: «Ahora ya no multipliques por 2 y sumes 1. Ahora multiplica por 3 y réstale 4». Y entonces la maquinita produciría resultados diferentes.
Pero mientras no cambie lo que entra y no cambie la forma en que está programada, el resultado será el mismo.
Eso es, en términos muy simples, una función.
Ahora probablemente estés pensando:
«Muy bien, Hugo, pero ¿qué tiene que ver esto con que yo siga pensando en mi ex?»
Muchísimo.
Porque ahora vamos a imaginar que nuestra conducta también funciona como una maquinita.
Recordemos que en la función matemática llamábamos Y al resultado. En nuestro ejemplo, la Y va a representar la conducta que queremos analizar. Podemos llamarla, por ahora, la conducta problemática, no porque toda conducta que aparezca sea necesariamente mala, sino porque estamos hablando de aquella que tú quieres cambiar.
Puede ser seguir pensando en esa persona, querer llamarla, revisar sus redes sociales, buscar fotografías, imaginar qué estará haciendo, querer contarle algo o volver una y otra vez sobre lo que ocurrió. También puede ser algo mucho más concreto, como seguir buscando contacto con una expareja o mantenerte disponible para ella aunque hayas decidido terminar la relación.
En mi caso, podría ser simplemente seguir saludando a aquel antiguo comandante diciéndole «¡Mi comandante!» aunque hace muchos años que dejé la Marina.
Todo eso puede ser nuestra Y: la conducta que aparece como resultado de la maquinita.
Y aquí viene lo interesante.
Si queremos cambiar la Y, necesitamos entender qué está haciendo que la maquinita produzca esa Y.
Volvamos entonces al comandante.
Aparece frente a mí.
Ahí está la X.
La X es aquello que entra a nuestra función. En este caso, el estímulo: aparece una persona que yo conocí como comandante en la Marina.
Pero la X, por sí sola, no explica toda la conducta. Ahora tenemos que mirar la maquinita.
¿Qué hay dentro de ella?
Hay distintas cosas que participan en la forma en que ese estímulo entra en contacto con mi conducta. Está el contexto en el que ocurre la situación, está mi historia de aprendizaje y están también las condiciones presentes en ese momento. Puedo ponerme nervioso, reconocer a esa persona, recordar quién es y comenzar a responder de acuerdo con reglas verbales que he aprendido a lo largo de mi historia: «Es mi comandante», «tengo que saludarlo», «un marino siempre será un marino».
Todo eso participa en la maquinita.
Y finalmente aparece el resultado:
la Y.
Me acerco y lo saludo:
—¡Mi comandante!
Podemos representarlo de una manera muy sencilla:
X → [ FUNCIÓN / MAQUINITA ] → Y
Comandante → [contexto + historia de aprendizaje + condiciones presentes + reglas verbales + otras variables] → «¡Mi comandante!»
Ahora empieza a aparecer algo importante. Si quiero que la Y cambie, no basta con mirar la Y. Tengo que comenzar a mirar qué está ocurriendo dentro de la maquinita.
Y esto no ocurre solamente con mi antiguo comandante.
Pensemos ahora en alguien que ha terminado una relación, pero que sigue manteniendo contacto con su expareja. Recuerdo a una persona que me explicaba que, si él la llamaba, ella siempre respondía y estaba disponible para ayudarlo en lo que necesitara. Cuando le pregunté por qué seguía haciéndolo, me explicó que durante la relación se habían prometido que, aunque terminaran, siempre estarían ahí para apoyarse, que seguirían siendo amigos y que podrían contar el uno con el otro.
Ahí tenemos una regla verbal que participa en la maquinita.
Pero no era lo único. Además, ambos se encontraban constantemente en el mismo gimnasio, por lo que existía un contexto que favorecía que siguieran teniendo contacto. Y había algo más: durante mucho tiempo, estar con esa persona había sido una experiencia agradable. Se habían divertido, habían compartido muchas cosas y habían tenido buenos momentos. Esa historia también participaba en la forma en que ella respondía frente a él.
Entonces podemos imaginar que aparece la misma persona, aparece la misma expareja, aparece la misma X y, dentro de la maquinita, siguen participando todas esas variables.
Y el resultado vuelve a ser parecido: mantener el contacto, estar disponible, ayudarlo, buscarlo o seguir vinculada a él.
Ahora bien, ¿qué pasaría si modificamos algo de esa maquinita?
Podríamos comenzar, por ejemplo, modificando aquella regla verbal. En lugar de pensar «siempre tengo que estar disponible para él porque nos prometimos que nos apoyaríamos para siempre», podemos construir una regla diferente:
«Haré todo lo posible por estar presente y apoyarlo siempre que esto no me afecte emocionalmente».
Puede parecer un cambio pequeño, pero no necesariamente lo es. Porque ahora, cuando él llame, ya no existe la misma obligación automática de estar disponible. La persona puede preguntarse si ayudarlo en ese momento le afecta emocionalmente y, si la respuesta es sí, puede decidir no hacerlo.
La X puede seguir siendo la misma. La expareja puede seguir apareciendo. Pero algo dentro de la maquinita ha comenzado a cambiar.
Y, por lo tanto, también puede comenzar a cambiar la Y.
La conducta.
Eso es lo que quería mostrarte con esta pequeña excursión por las matemáticas.
Una función matemática transforma una entrada en un resultado de acuerdo con una determinada fórmula. Y nuestra conducta también puede entenderse, de manera muy simplificada, como el resultado de la interacción entre una situación y una serie de variables que forman parte de nuestra historia y de nuestro contexto.
Por eso, cuando queremos cambiar una conducta que repetimos una y otra vez, no siempre sirve simplemente decirnos «deja de hacerlo». Primero necesitamos mirar la maquinita y tratar de entender qué está participando en esa fórmula.
Porque si logramos modificar aquello que está produciendo la conducta, podemos empezar a obtener un resultado diferente.
Y aquí es donde probablemente te estés preguntando:
¿Pero qué hay exactamente dentro de esa maquinita?
¿Qué son esas reglas verbales? ¿Qué papel juega nuestra historia de aprendizaje? ¿De qué manera influye el contexto? ¿Y cómo podemos modificar cada una de esas cosas para que, frente a una situación similar, aparezca una conducta diferente?
Eso es precisamente lo que vamos a comenzar a revisar en la próxima entrada.
Vamos a la Parte 10.
pienso mucho en él y es casi que automático, cuando me despierto o cuando simplemente estoy haciendo cualquier cosa en casa como alistarme para trabajar. He tratado de analizar que estoy haciendo antes de que ese recuerdo o pensamiento llegué, pero no encuentro respuesta. Simplemente estoy viendo, cuándo recién me despierto, cuando estoy alistandome.
en cualquier momento aparece ese pensamiento y es muy frustrante 😭😭😭😭😭😭😭😭😭
Es importante que comprendas algo: no siempre vas a encontrar un antecedente tan evidente como estar triste, escuchar una canción o ver una fotografía. A veces, el antecedente puede ser una situación cotidiana, como despertarte, ducharte, preparar el desayuno o alistarte para ir a trabajar. Son actividades que probablemente también realizabas cuando estabas en pareja y que, por tu historia de aprendizaje, pueden haber quedado asociadas a esa persona. Otras veces, el pensamiento aparece sin que logres identificar con claridad qué lo precedió.
Pero aquí viene algo importante: no necesitas descubrir el antecedente exacto cada vez que piensas en él. Tampoco tienes que luchar contra ese pensamiento ni frustrarte porque apareció nuevamente. Recuerda que llevas una historia de aprendizaje con esa persona y que esas respuestas no desaparecen automáticamente porque la relación haya terminado o porque tú hayas comprendido que necesitas seguir adelante.
El objetivo no es conseguir que nunca más aparezca un recuerdo, sino aprender a relacionarte de otra manera con lo que te ocurre cuando aparece. Puedes darte cuenta de que estás pensando en él y continuar con lo que estabas haciendo, sin convertir ese pensamiento en una invitación a seguir recordando, revisar sus redes sociales o buscar contacto. Poco a poco, puedes aprender que pensar en esa persona no significa que tengas que hacer algo al respecto.
Hola Hugo, buen dia! en mi caso me separe hace seis meses, los problemas surgieron mucho antes, me entere que me era infiel, intente con terapia, ella asumio ese compromiso, pero, seguia en la misma. Al principio me fue dificil, no entendia nada, una relacion de 10 años con un hijo de 7 años.
Segui con la terapia, comence a entrenar, estoy mucho tiempocon mi hijo y, mucho mas tranquilo. Pero en ocaciones me reflotan recuerdos, los mismo, no entender la decision que tomo. Acepte todo, no busco mas explicaciones, pero es inebitable a veces no pensar en que estara haciendo.
Muchas veces me pidio favores, al comienzo se los hice, hoy en dia solo le contesto los mensajes cuando hablamos de nuestro hijo, si me pide algo decidi no contestarle. Cuando estamos cerca, ni siquiera puedo mirarla y mucho menos hablarle. Lei tus capitulos el maravilloso vaije del desapego, te juro que entiendo todo, acpete, no busco más, me aleje, bloquee de las redes, no veo nada de ella, tengo su contacto por una razon obvia, la comunicacion por nuestro hijo.
Pero, sigo sin entender porque una parte de mi, a veces quiere saber que hace, o como estara, se que, con ella no voy a volver.
Ojala puedas leer mi comentario, saludos.
Hola, muchas gracias por compartir tu experiencia y por leer «El maravilloso viaje del desapego». Me alegra saber que has ido encontrando más tranquilidad y que estás dedicando tiempo a tu hijo y a ti mismo.
Quiero que te detengas en algo: llevaste diez años de relación con esa persona. Durante todo ese tiempo aprendiste a compartir tu vida con ella, a interesarte por lo que hacía, a preguntarte cómo estaba y a considerarla parte importante de tu mundo. Que hoy tengas claro que no quieres volver con ella no significa que todas esas maneras de responder vayan a desaparecer automáticamente.
Y aquí está precisamente una de las ideas importantes de este viaje: «entender que una relación terminó no es lo mismo que dejar de responder como aprendimos a hacerlo durante esa relación».
Por eso, más que preguntarte por qué todavía quieres saber de ella, te invitaría a empezar a observar algo diferente: ¿qué está ocurriendo justo antes de que aparezca ese deseo? ¿En qué momentos te sucede? ¿Qué estabas haciendo o qué había pasado?
No necesitas encontrar una respuesta inmediata ni castigarte porque esos pensamientos aparezcan. Podemos aprender a observarlos y, a partir de ahí, comprender mejor qué está ocurriendo y cómo modificar nuestras maneras de responder.
Y recuerda algo: tienen un hijo en común, por lo que habrá situaciones en las que necesariamente tendrás que comunicarte con ella. El objetivo no es que nunca más pienses en esa persona ni que tengas que demostrarle indiferencia, sino que puedas construir una vida en la que tus decisiones y tu tranquilidad no dependan de lo que ella haga o deje de hacer.
Sigue con tu viaje. Y gracias por compartir tu historia, porque tu pregunta refleja justamente algo que vamos a seguir explorando en los próximos capítulos. Un abrazo.
Hola, gracias por compartir tu historia y por leer los capítulos del maravilloso viaje del desapego. Por lo que cuentas, has hecho cambios importantes en tu vida: retomaste el entrenamiento, estás dedicando tiempo a tu hijo, has establecido límites en la relación con tu expareja y has dejado de buscar explicaciones que probablemente no encontrarás. Todo eso tiene valor.
Pero quiero detenerme en algo que dices: entiendes todo, aceptaste que la relación terminó y sabes que no vas a volver con ella, pero aun así, a veces quieres saber qué hace o cómo está. Y aquí es donde debemos recordar algo importante: comprender una situación no significa que todas las conductas aprendidas desaparezcan automáticamente. Durante diez años, ella formó parte de tu vida cotidiana. Te acostumbraste a compartir experiencias, preocuparte por ella y tenerla presente. Que hoy la relación haya terminado no significa que esa historia de aprendizaje se borre de un día para otro.
Por eso, cuando te preguntas por qué una parte de ti todavía quiere saber de ella, mi invitación es que no interpretes automáticamente ese deseo como una señal de que no has avanzado o de que todavía quieres volver. Puedes sentir curiosidad por alguien con quien compartiste diez años de tu vida y, al mismo tiempo, tener claro que no quieres retomar la relación. Lo importante es qué haces con esa curiosidad.
Fíjate en algo: antes, cuando aparecía esa necesidad, podías buscar información, responder a sus peticiones o involucrarte nuevamente en su vida. Hoy estás aprendiendo a actuar de otra manera. Ese cambio también es parte del desapego. No necesitas conseguir que nunca más se te pase por la cabeza qué estará haciendo; necesitas aprender que puedes tener ese pensamiento sin convertirlo en una conducta.
Y hay algo más: como tienen un hijo en común, no se trata de hacer desaparecer a tu expareja de tu vida, sino de construir una relación que permita ejercer la coparentalidad sin mantener innecesariamente el vínculo de pareja. No necesitas mirarla, hablar de asuntos personales ni estar disponible para todos sus favores, pero sí procurar una comunicación respetuosa y funcional respecto de vuestro hijo.
No te exijas haber dejado de sentir curiosidad para reconocer tus avances. El desapego no se demuestra únicamente por lo que dejas de sentir, sino también por las nuevas maneras en que aprendes a actuar. Un abrazo.