Las historias de esta sección se inspiran en experiencias y situaciones reales relacionadas con las rupturas de pareja. Los personajes, diálogos y circunstancias narradas pueden haber sido recreados o modificados con fines ilustrativos, de modo que cada relato constituye una elaboración narrativa y no una reproducción literal de una historia particular.
No se trata de ser tonto, o de no entender.
«¡Pero deja de hacerte eso! ¡Aléjate de ella! ¡No estés siempre disponible! ¡Aprende a poner límites!».
Si alguna vez has pasado por una ruptura amorosa, probablemente hayas escuchado consejos como estos. Y quizás tú mismo se los hayas dado a alguien que está sufriendo por una relación que no consigue dejar atrás.
A veces, quienes nos rodean parecen tener bastante claro lo que deberíamos hacer. Desde afuera, todo parece más sencillo: deja de llamarlo, no le contestes, deja de estar disponible, empieza a hacer tu vida. ¿Qué tanto puede costar?
Sin embargo, hay algo que muchas veces no vemos: si cambiar una conducta fuera tan sencillo como recibir un buen consejo, probablemente muchas personas ya habrían conseguido hacerlo.
Pensemos en alguien que continúa buscando a su expareja, que sigue disponible cada vez que lo necesita o que acepta situaciones que le producen malestar. Podemos decirle que se aleje, que deje de depender de esa persona o que aprenda a poner límites. Pero ¿qué ocurre si mantener esa cercanía también le permite evitar otros temores? ¿Qué pasa si alejarse significa enfrentarse a la incertidumbre, a la posibilidad de perder algo importante o a experiencias que le resulta difícil tolerar?
En esas circunstancias, mantener la conducta de apego puede seguir siendo la mejor opción para esa persona. No necesariamente porque sea lo que más le conviene a largo plazo, sino porque, en el presente, le permite evitar o reducir experiencias que le resultan difíciles de afrontar.
Y mientras esas condiciones se mantengan, nuestros consejos pueden quedarse en eso: consejos.
Esto no significa que poner límites sea inútil ni que debamos resignarnos a continuar haciendo lo mismo. Significa que, antes de intentar cambiar una conducta, necesitamos comprender qué la está manteniendo. Porque no basta con saber qué deberíamos hacer; también necesitamos aprender a afrontar aquello que hace tan difícil hacerlo.
Mario sabía que tenía que alejarse, pero no conseguía hacerlo
Mario, un hombre de unos 36 años, llevaba un tiempo separado de Carla, la madre de sus hijos, que tenían entre cuatro y diez años. Habían compartido una larga historia de pareja, pero la relación había terminado. Carla ya le había dicho que no iban a volver y Mario, aunque a veces se sentía confundido por la cercanía que todavía existía entre ellos, estaba decidido a aceptar la separación.
No le rogaba para que regresara ni estaba intentando convencerla de retomar la relación. Sabía que la pareja se había terminado y quería seguir adelante. Sin embargo, una cosa era aceptar esa realidad y otra muy distinta modificar la manera en que ambos seguían relacionándose.
Carla continuaba buscándolo para pedirle consejos, solicitarle ayuda y compartir con él asuntos personales. Cuando se encontraban, también había gestos de cariño que podían confundirlo. Ninguno de los dos había iniciado una nueva relación y, como tampoco existía una organización demasiado definida de las visitas a sus hijos, Mario iba con frecuencia a casa de Carla o ella llevaba a los niños a la casa de él.
En algunas ocasiones, Mario se quedaba a dormir en casa de su expareja y todos terminaban compartiendo la misma habitación. A veces, el hijo menor dormía con ellos. Los niños todavía eran pequeños y Mario consideraba que necesitaban mantener una cercanía familiar que les permitiera sentirse acompañados y seguros durante la separación de sus padres.
Desde su perspectiva, conservar esos espacios compartidos también podía contribuir a fortalecer el vínculo con sus hijos. Por eso, modificar aquella dinámica no era simplemente dejar de dormir en casa de Carla: implicaba preguntarse si, al cambiar las costumbres familiares, estaría afectando algo importante para los niños.
La relación de pareja había terminado, pero la intimidad cotidiana todavía conservaba muchas de sus antiguas formas.
A esto se sumaba otro elemento importante: Carla aún dependía considerablemente de Mario en términos económicos. Él seguía siendo una fuente importante de apoyo para ella, lo que contribuía a mantener su papel protector y hacía más compleja la tarea de reorganizar la relación después de la separación.
Sus amigos no entendían demasiado la situación. Le decían que tenía que dejar de estar tan disponible, que organizara las visitas a sus hijos y que dejara de hacer cosas que, a sus ojos, solo contribuían a mantenerlo enganchado a una relación que ya no existía.
Incluso le planteaban escenarios que parecían bastante razonables: ¿qué ocurriría si Carla conocía a otra persona? ¿Y si era él quien comenzaba una nueva relación? ¿Seguirían durmiendo juntos? ¿No era hora de poner límites?
Mario podía comprender esos argumentos. No necesitaba que alguien le explicara que la relación había terminado. Sin embargo, continuaba haciendo muchas de las mismas cosas.
¿Por qué?
Porque para Mario alejarse no significaba únicamente dejar de visitar a Carla con tanta frecuencia. También significaba enfrentarse a sus propias dudas sobre cómo mantener una relación cercana con sus hijos pequeños sin continuar reproduciendo la antigua dinámica familiar.
El miedo que había detrás de sus decisiones
Mario temía que, si cambiaba su manera de relacionarse con Carla, también cambiara su relación con sus hijos.
Le preocupaba que organizar las visitas de otra forma, reducir la frecuencia de los encuentros o dejar de estar permanentemente disponible pudiera generar dificultades que terminaran afectando el vínculo con ellos.
Sus hijos tenían entre cuatro y diez años, y Mario consideraba que, precisamente por su edad, necesitaban mantener una presencia cercana de ambos padres. Desde su perspectiva, compartir tiempo en familia, conservar ciertas rutinas y seguir estando disponible contribuía a fortalecer el vínculo con ellos durante una etapa en la que todavía dependían mucho de los adultos.
Por eso, algunas de las reglas verbales que podían estar influyendo en su comportamiento se expresaban en anticipaciones como estas:
- «Si le pongo límites a Carla, no me va a dejar ver a los niños».
- «Si empiezo a ir menos a su casa, mis hijos se van a acostumbrar a estar sin mí y terminarán olvidándome».
- «Si dejo de estar disponible para ella, puede complicarme las cosas con los niños».
- «Si dejamos de compartir como familia, los niños pueden sentir que los estoy abandonando».
- «Si cambio las rutinas de ahora, puedo perjudicar el vínculo que tengo con ellos».
- «Si Carla necesita ayuda y yo no estoy, ¿quién va a hacerse cargo de ella?».
Estas frases no tienen por qué haber aparecido literalmente de esta manera. Son ejemplos de las reglas y anticipaciones que necesitamos explorar para comprender cómo Mario interpretaba la situación y cómo esas interpretaciones podían influir en sus decisiones.
Además, Mario se sentía responsable de Carla. Había asumido un papel protector y le costaba imaginar que pudiera dejar de estar disponible cuando ella necesitaba ayuda. La dependencia económica de ella podía reforzar esa preocupación: alejarse no significaba solamente modificar las visitas o la intimidad, sino también preguntarse hasta dónde seguía siendo responsable de ayudarla.
A esto se sumaba su propia historia de aprendizaje. Durante su infancia había vivido experiencias difíciles relacionadas con la separación, por lo que afrontar una nueva distancia no era algo que le resultara indiferente.
Podemos imaginar lo que ocurría cuando Mario pensaba en modificar la situación. No solo estaba considerando la posibilidad de ver menos a Carla. También aparecían preguntas y anticipaciones: ¿y si las cosas se complicaban?, ¿y si sus hijos sufrían las consecuencias?, ¿y si necesitaban esa cercanía y él estaba contribuyendo a perderla?, ¿y si ella necesitaba algo y él no estaba?, ¿y si tomar distancia terminaba provocando una pérdida que después no pudiera reparar?
Estas preguntas no eran simples pensamientos aislados. En la medida en que influían en sus decisiones, contribuían a que siguiera comportándose de la misma manera.
Cada vez que se presentaba la posibilidad de cambiar, Mario tenía que afrontar la incertidumbre y el malestar que ese cambio le producía. Mantener la cercanía le permitía evitar, al menos temporalmente, parte de esa dificultad.
Así, aunque continuar con aquella dinámica le impedía avanzar como quería, modificarla también tenía un costo emocional que le resultaba difícil asumir.
Esta es una de las razones por las que una conducta de apego puede mantenerse incluso cuando la persona sabe que necesita cambiarla: porque dejar de hacerla implica enfrentarse a experiencias que hasta ese momento ha aprendido a evitar.
La fórmula no cambia con un consejo
Imagina que queremos comprender por qué Mario continúa visitando a Carla, se queda a dormir en su casa y sigue estando disponible para ella.
Podemos representar esa conducta como una Y, el resultado de una función en la que intervienen distintas variables: su historia de aprendizaje, el contexto actual y las reglas verbales que influyen en sus decisiones.
Entre esas reglas estaban las anticipaciones de perder cercanía con sus hijos si tomaba distancia. También estaba la idea de que debía seguir cuidando de Carla y responder a sus necesidades.
Su historia personal podía ayudar a comprender por qué las situaciones de separación le resultaban especialmente difíciles. Y estaba el contexto cotidiano: su trabajo le permitía pasar largos períodos en casa, de modo que tenía muchas oportunidades para visitar a Carla, compartir con ella y acudir cuando surgía alguna necesidad. La dependencia económica de ella también formaba parte de ese contexto y contribuía a que Mario siguiera ocupando un lugar de apoyo.
Todo eso contribuía a mantener las condiciones en las que su conducta se producía.
Sus amigos, en cambio, intentaban modificar directamente el resultado. Le decían que dejara de ir, que organizara las visitas y que pusiera límites.
Pero ¿qué había cambiado en las variables que hacían difícil que Mario actuara de otra manera?
Prácticamente nada.
Era como intentar cambiar el resultado de una función sin modificar ninguna de las condiciones que lo estaban produciendo. Podíamos repetirle el mismo consejo una y otra vez, pero eso no significaba que fuera a poder llevarlo a la práctica.
Para avanzar necesitábamos trabajar sobre las variables implicadas en su conducta, no limitarnos a señalarle cuál era la conducta que debía cambiar.
Aprender a tolerar lo que antes intentaba evitar
Una parte importante del trabajo consistió en examinar las reglas verbales que influían en las decisiones de Mario.
No se trataba simplemente de decirle que sus temores eran infundados ni de convencerlo de que todo saldría bien. Tampoco podíamos asegurarle que cambiar la relación con Carla no produciría ninguna dificultad.
Lo que necesitábamos era ayudarlo a examinar esas anticipaciones, distinguir entre lo que temía y lo que efectivamente estaba ocurriendo, y considerar otras maneras de relacionarse con Carla sin renunciar a su papel de padre.
Por ejemplo, tomar distancia de su expareja no era lo mismo que tomar distancia de sus hijos. Podía dejar de estar disponible en cualquier momento para Carla y, al mismo tiempo, seguir siendo un padre presente y comprometido.
También necesitaba distinguir entre ayudar a Carla cuando realmente lo consideraba necesario y sentirse obligado a resolver cada una de sus dificultades. Que ella dependiera económicamente de él no significaba que todas las formas de disponibilidad anteriores tuvieran que mantenerse intactas después de la separación.
Pero comprender esas diferencias no bastaba. Mario necesitaba aprender a desenvolverse en situaciones en las que esas distinciones se pusieran en práctica.
Por eso, el trabajo también implicaba aumentar progresivamente su tolerancia al miedo y al malestar asociados con el cambio.
No necesitábamos que dejara de sentir miedo antes de modificar su conducta. Necesitábamos que pudiera comenzar a hacer cosas diferentes aun cuando ese miedo apareciera.
Poco a poco, podía empezar a organizar los encuentros con sus hijos de una manera más previsible, reducir algunas visitas espontáneas y dejar de prolongar determinadas situaciones de intimidad con Carla.
Cada modificación suponía una oportunidad para aprender algo nuevo: podía tomar distancia sin que eso significara necesariamente perder el vínculo con sus hijos. Podía dejar de asumir ciertas responsabilidades por su expareja sin convertirse en una persona indiferente. Y podía experimentar el malestar que acompañaba esos cambios sin tener que volver inmediatamente a la dinámica anterior para aliviarlo.
La finalidad no era que soportara el sufrimiento sin más. Era que desarrollara nuevas maneras de actuar y tuviera oportunidades de comprobar qué ocurría cuando dejaba de responder automáticamente a sus temores.
Así, el cambio no dependía únicamente de que Mario entendiera las cosas de otra manera. También requería que comenzara a vivir experiencias diferentes.
Cuando el contexto también facilita el cambio
Hubo, además, una modificación importante en la vida cotidiana de Mario.
Su trabajo cambió y, con ello, también cambió su disponibilidad. Antes podía pasar largos períodos en casa, lo que facilitaba que fuera a visitar a Carla, se quedara con ella o acudiera cuando surgía alguna necesidad. Con el nuevo trabajo, ya no podía mantener esa misma dinámica.
Este cambio no resolvió por sí solo sus dificultades, pero contribuyó a modificar las condiciones en las que se producían sus conductas.
Había menos oportunidades para repetir automáticamente las antiguas rutinas y más necesidad de organizar el tiempo de otra manera.
Esto nos permite observar algo importante: el contexto también participa en el mantenimiento y en la modificación de una conducta. A veces, determinadas condiciones facilitan que sigamos haciendo lo mismo; otras veces, un cambio en esas condiciones puede ayudarnos a desarrollar una forma diferente de actuar.
En el caso de Mario, el cambio laboral coincidió con el trabajo que estaba realizando para modificar sus respuestas ante el miedo y la incertidumbre. Ambos aspectos contribuyeron al proceso, aunque de maneras diferentes.
No fue simplemente que tuviera menos tiempo para visitar a Carla. También estaba aprendiendo a relacionarse de otra forma con ella y a tolerar lo que significaba dejar atrás algunas de las costumbres de la antigua relación.
Desapegarse no significa dejar de querer ni abandonar a nadie
La historia de Mario nos ayuda a comprender por qué el desapego no consiste simplemente en tomar una decisión y ejecutarla.
Podemos saber que una relación terminó y, aun así, continuar haciendo cosas que nos mantienen vinculados a la dinámica anterior. Podemos entender que necesitamos cambiar y seguir teniendo dificultades para hacerlo.
Por eso, antes de preguntarnos cómo dejar de hacer algo, necesitamos comprender qué está manteniendo esa conducta y qué experiencias tendríamos que aprender a afrontar para poder modificarla.
En el caso de Mario, no se trataba de convertirse en un hombre frío, dejar de ayudar a Carla o alejarse de sus hijos. Se trataba de construir una relación parental que no dependiera de conservar las antiguas formas de intimidad de la pareja.
El objetivo no era eliminar el miedo, sino aprender a tolerarlo. No era dejar de preocuparse por los demás, sino aprender a cuidar sin asumir responsabilidades que ya no le correspondían de la misma manera. Y no era poner límites por obligación, sino desarrollar la capacidad de establecer una forma de relación más acorde con la nueva realidad.
Porque, mientras mantener las antiguas conductas siga siendo la manera más inmediata de evitar aquello que tememos, será difícil que los consejos produzcan un cambio duradero.
Para cambiar una conducta de apego, no basta con saber qué tenemos que dejar de hacer. Necesitamos comprender por qué seguimos haciéndolo y aprender a afrontar aquello que nos impide actuar de otra manera.
Ese es uno de los desafíos del maravilloso viaje del desapego.
En la próxima parte conoceremos otra historia, con circunstancias diferentes, que nos permitirá seguir descubriendo cómo nuestra historia de aprendizaje, las reglas que seguimos y el contexto en el que vivimos pueden influir en nuestra manera de afrontar una ruptura.
El maravilloso viaje del desapego continúa.