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Nada que hacer, los seres humanos nos apegamos.

Muchas personas, al separarse de sus parejas de manera temporal o definitiva, sufren de altos niveles de estrés y ansiedad por causa de extrañar a esa persona amada, por las noches no pueden dormir y piensan incansablemente en formas de reunirse nuevamente. Esto sucede principalmente por la activación del sistema de apego en el ser humano, debido a lo cual haremos lo posble para volver a estar juntos. Por esta razón es muy importante entender qué es el apego, cómo funciona y por qué es tan relevante en nuestras vidas.

La búsqueda eterna de una conexión segura entre los seres humanos, que pareciera pasar inadvertida en una sociedad que no está precisamente construida para facilitarla. Y claro, es difícil para todos nosotros, desde niños, lograr una conexión segura con nuestros padres en una sociedad que construye casas con habitaciones separadas y donde a muchos padres nos parece anormal que nuestros niños no se acostumbren a dormir solos, en una sociedad donde le decimos “trastorno de ansiedad por separación” a la natural alarma de los niños al separarse de sus padres el primer día de clases, en una sociedad donde las madres deben dejar a sus hijos amontonados en una “sala cuna”, para cumplir con su necesario aporte a un sistema que necesita que ella esté produciendo de vuelta  lo antes posible, sentada en un puesto de trabajo y no cuidando a su hijo o hija, en una sociedad que pone en nuestras manos un celular con el que grabamos a nuestros hijos mientras  ellos buscan nuestros ojos con su mirada, y en una sociedad donde nos enseñan a repetir que está mal necesitar a alguien, como intentando asesinar lo primero y lo último que tenemos de humanidad, ”el apego”.

Ayer en la tarde, mis dos hijos (12 y 8) salieron un momento dentro del condominio donde vivimos, al rato llegó mi hijo mayor avisándome que el menor se había caído y que no quería levantarse. Fui corriendo a buscarlo, tenía sus manitos y sus rodillas raspadas, lo abracé y lo levanté con mucho amor intentando calmarlo. Mientras caminaba  de regreso a casa con él en brazos, entre sollozos, me decía “quiero estar con mi mamá”, necesidad expresada que me pareció maravillosa, ya que puso en primer plano, con toda confianza, su necesidad de volver a estar conectado con aquella persona con quien su cerebro y sistema nervioso  tiene la conexión original, aquella persona con quien, desde el vientre materno y desde el momento de nacer, aprendió a sintonizar ritmos cardíacos, respiratorios y emocionales, y a quien aprendió a buscar para encontrar calma en momentos de estrés: su mamá.

Así funciona el apego, es una fuerza invisible y ancestral que habita dentro de nosotros, físicamente en nuestro cerebro y sistema nervioso y que nos ayuda a sobrevivir haciendo lo que mejor podemos hacer los seres humanos, estar juntos.

Para comprender el apego, además de leer y estudiar la Teoría asociada y su evidencia científica, necesitamos imaginar a los primeros seres humanos en sus primeros tiempos de evolución en la tierra, sin alas, sin garras, sin ropa y sin grandes dientes que le permitieran cazar individualmente. En esos tiempos caminábamos en grupos y necesitábamos de los demás para sobrevivir, literalmente.

Estar juntos nos permitía cazar, recolectar y compartir lo que teníamos y además, protegernos. Cada miembro del grupo sabía y sentía que mientras fuera parte de esta “manada” contaba con una base y un refugio que le permitía tener la seguridad para explorar el mundo, ya que ante cualquier peligro, podría regresar para estar nuevamente protegido y para recibir seguridad.

Así, seguramente, fuimos aprendiendo y desarrollando formas para confirmar nuestra pertenencia al grupo y entonces las miradas, el contacto piel con piel y el compartir actividades, diálogos y comidas, se transformaron en inequívocas señales para sentir que éramos aceptados, produciéndose con esta aceptación la sensación de bienestar y seguridad que nos permitía ser “felices”, logrando aquella conexión segura con otras personas, el apego cumplía su objetivo.

¿Pero qué sucedía si uno de estos primitivos humanos quedaba alejado del grupo?

Seguramente entraría en un estado de desesperación, ya que literalmente estaría en riesgo su vida, y claramente haría todo lo posible por regresar y mantenerse cerca de los demás. La misma desesperación se activaría en caso de no recibir miradas, de perder el contacto piel con piel y de dejar de participar en actividades y diálogos con los demás, porque por una hermosa y ancestral consecuencia de nuestra evolución, aprendimos que estar juntos está bien y estar separados está mal.

De esta forma, nuestros sistemas nerviosos se fueron adaptando, configurando redes en nuestro cuerpo que organizan nuestra actividad biológica de manera de estar siempre vigilantes respecto de “qué tan bien está nuestra conexión con los demás”.

Así, un bebé, un niño o niña, se estresarán al no estar cerca de sus cuidadores y volverán a la calma una vez recuperado el contacto. Este estrés no solo ocurre por la falta de contacto físico o distancia, sino que también ante cualquier indicio de pérdida de conexión, como la desviación de una mirada o la falta de sintonía en el diálogo. Si quieres aprender como funciona el apego, solo mira a los niños, si tienes hijos invierte tiempo en observar como ellos buscan la conexión a través de miradas, palabras, juegos y balbuceos o diálogos, y fíjate como responden a tu cercanía o distancia.

El apego y la búsqueda de una conexión segura con otras personas, tiene directa relación con nuestra salud, nuestro ritmo biológico está mucho mejor cuando estamos cerca de personas que amamos y también cuando las miradas, diálogos y contacto piel con piel es recuperado o mantenido. Se ha demostrado en base a evidencia que,  por ejemplo, en las parejas, cuando ocurre una discusión, ambos ritmos cardíacos se aceleran y al calmarse y abrazarse, ambos ritmos cardiacos se regulan (en ambos casos de manera sincrónica). Respondemos a tonos de voz, a abrazos y a caricias, que de manera “científicamente demostrada” son capaces de regular nuestro sistema nervioso y devolvernos la sensación de seguridad y bienestar. Esto ocurre así porque así somos, estamos hechos para conectarnos con otros de manera segura, y eso buscamos, toda la vida, desde nuestro primer llanto al nacer que busca regresar al pecho de nuestra madre para sentir su corazón, hasta el momento antes de morir, donde tal vez en el último instante de agonía pensemos en encontrar nuevamente a nuestra mamá o a un ser querido que nos espera, en algún lugar.

¿Está mal que qué ocurra todo esto?

Más allá del bien y del mal, eso es lo que somos, y aunque pareciéramos haberlo olvidado, nos necesitamos unos a otros y cuando todo se derrumbe, estaremos mejor junto a alguien que nos abrace, no lo olvides, los humanos nos apegamos.

¿Nos apegamos todos de la misma forma? No, desde que nacemos nuestro sistema nervioso va explorando el mundo, y especialmente la disponibilidad de conexión con los seres humanos que nos rodean, y aprendemos  a considerar que esta conexión es algo seguro y que las personas que nos rodean estarán disponibles para nosotros … o por el contrario que la conexión es algo que no siempre estará disponible.

En eso andamos de niños, aprendiendo a apegarnos, asimilando la forma en que nuestros cuidadores responden y sintonizan  a nuestras miradas y necesidades. Esta  experiencia en nuestra infancia, determinará en cierta forma como nos relacionaremos como adultos. Seremos personas seguras o inseguras en el apego de acuerdo a la experiencia que hayamos encontrado, y dependiendo de cómo haya sido la conexión en la manada que nos tocó. Si quieres conocer un poco más de estilos de apego puedes hacer click aquí

Seguramente serán oportunas estas dos preguntas: ¿Cómo era la conexión que experimentaste en tu manada cuando eras niño o niña?¿cómo es la conexión que experimentas en tus relaciones de pareja?

Como hemos revisado, el apego no es una enfermedad, sino más bien una incomprendida parte de lo que somos, que es fundamental comprender como padres y madres, para poder facilitar el desarrollo sociemocional  y relacional de nuestros niños, y como adultos , para así conocer nuestro estilo particular de apego y poder encontrar y mantener relaciones satisfactorias en nuestras vidas, especialmente en el ámbito de relaciones de pareja.

Si tú estás sufriendo una separación temporal o definitiva de una persona a quen amas, especialmente en el contexto de las relaciones de pareja, es posible que necesites de la ayuda de un profesional de la psicología.

¿Te gustaría conocer el Programa Post Quiebre que está ayudando a las personas a procesar la experiencia del desapego tras una separación de sus parejas?

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