¿Por qué mi ex era así?

Hay una pregunta que escucho con mucha frecuencia en terapia.

”¿Por qué mi ex era así?”

¿Por qué reaccionaba de esa manera?

¿Por qué desconfiaba tanto?

¿Por qué mentía?

¿Por qué era tan frío?

¿Por qué parecía quererme algunos días y otros no?

¿Por qué discutía por cosas tan pequeñas?

Muchas veces esperamos que la respuesta sea una etiqueta.

“Era narcisista.”

“Tenía apego evitativo.”

“Era inmaduro.”

Pero creo que existe una pregunta mucho más interesante.

¿Qué tuvo que aprender una persona para llegar a comportarse de esa manera?

Para responderla, quiero que imagines algo.

Imagina que compras un androide

No cualquier robot.

Uno con inteligencia artificial capaz de conversar, aprender, adaptarse y convivir contigo.

Cuando llega a tu casa descubres algo inesperado.

No viene recién salido de fábrica.

Durante años vivió con otra familia.

Aprendió con ellos.

Observó cómo resolvían los conflictos.

Cómo expresaban el cariño.

Cómo reaccionaban frente al enojo.

Cómo respondían al rechazo.

Cómo se hablaban entre ellos.

Su programación no apareció de la nada.

Fue construyéndose experiencia tras experiencia.

Cada conversación, cada error, cada recompensa, cada pérdida y cada conflicto fueron dejando pequeñas modificaciones en su manera de interpretar el mundo.

Ahora ese androide llega a tu casa.

Tú esperas que funcione de acuerdo con tus reglas.

Pero él sigue interpretando el mundo utilizando gran parte de lo que aprendió antes de conocerte.

Si durante años aprendió que levantar la voz significaba peligro, probablemente se defenderá incluso cuando tú no tengas intención de atacarlo.

Si aprendió que expresar tristeza era motivo de burla, probablemente ocultará sus emociones.

Si aprendió que el cariño siempre terminaba acompañado de abandono, quizás desconfíe precisamente cuando más amor recibe.

No porque quiera hacerte daño.

Sino porque esa fue la forma en que aprendió a sobrevivir.

Los seres humanos hacemos exactamente lo mismo

No nacemos sabiendo cómo amar.

No nacemos sabiendo confiar.

No nacemos sabiendo discutir.

No nacemos sabiendo pedir ayuda.

Todo eso lo aprendemos.

Nuestra historia va moldeando nuestra forma de pensar, de sentir y de actuar.

Desde una mirada conductual, cada experiencia modifica la probabilidad de que ciertas respuestas vuelvan a aparecer en el futuro.

Aquello que alguna vez nos protegió, nos ayudó a conseguir afecto o nos permitió evitar dolor tiene muchas probabilidades de repetirse.

Con el tiempo, muchas de esas respuestas se vuelven automáticas.

Pero ese aprendizaje no ocurre solamente “en la mente”.

También va dejando una huella en nuestro sistema nervioso.

Las conexiones entre neuronas cambian con la experiencia. Algunas respuestas se fortalecen y otras se debilitan. Nuestro cerebro aprende qué señales debe interpretar como seguras y cuáles debe considerar una amenaza.

En otras palabras, el aprendizaje también modifica nuestro “cableado interno”.

No porque estemos condenados por nuestro pasado.

Sino porque nuestro cerebro aprende con nosotros.

Por eso dos personas pueden vivir la misma situación y reaccionar de manera completamente distinta

Un silencio puede significar tranquilidad para alguien.

Y abandono para otra persona.

Una discusión puede ser una oportunidad para resolver un problema.

O una señal de que la relación está a punto de terminar.

Una muestra de cariño puede sentirse segura.

O puede despertar miedo.

No porque una persona vea correctamente la realidad y la otra no.

Sino porque ambas la interpretan utilizando programas que comenzaron a escribirse muchos años antes de conocerse.

Entonces… ¿por qué tu ex era así?

Quizás esa no sea la mejor pregunta.

Tal vez la pregunta sea otra.

¿Qué tuvo que vivir, aprender o repetir para que esa forma de comportarse tuviera sentido dentro de su manera de entender el mundo?

Responder esa pregunta no significa justificar.

Comprender no es justificar.

Una historia difícil no convierte una conducta dañina en una conducta aceptable.

Pero comprender sí cambia algo muy importante.

Dejas de pensar que todo ocurrió porque tú hiciste algo mal.

Y empiezas a entender que muchas de las respuestas de la otra persona existían mucho antes de que tú aparecieras en su vida.

Hay algo que suele pasar desapercibido

Mientras escribía este artículo me di cuenta de algo.

Hasta ahora hemos hablado del “androide” que llega con años de aprendizaje encima.

Pero hay un detalle importante.

Tú también eres ese androide.

Tú también llegas a una relación con una historia.

Con maneras aprendidas de amar.

Con formas automáticas de reaccionar.

Con conductas que alguna vez tuvieron sentido.

Y eso cambia completamente la conversación.

Porque muchas veces creemos que el problema está únicamente en la programación del otro.

“Si él cambiara…”

“Si ella dejara de hacer eso…”

“Si aprendiera a comunicarse…”

Pero rara vez nos preguntamos qué parte de nuestra propia programación también participa en esa relación.

Quizás la incertidumbre activa inmediatamente una alarma.

Quizás el silencio se convierte en abandono.

Quizás una demora en responder un mensaje se interpreta como rechazo.

Quizás necesitamos confirmar constantemente que seguimos siendo queridos.

No porque seamos personas débiles.

Sino porque nuestro propio sistema aprendió a responder así.

Y aquí aparece una diferencia enorme.

Comprender la historia del otro puede ayudarte a dejar de culparte.

Pero comprender tu propia historia puede ayudarte a dejar de repetirla.

Porque el verdadero crecimiento no consiste en encontrar a alguien perfectamente compatible con nuestra programación.

Consiste en revisar qué partes de esa programación todavía nos ayudan… y cuáles hoy están dificultando nuestras relaciones.

A veces creemos que necesitamos una pareja distinta.

Cuando, en realidad, también necesitamos una manera distinta de responder frente a las mismas situaciones.

Quizás nunca encuentres una relación completamente libre de incertidumbre.

Pero sí puedes aprender a que la incertidumbre deje de controlar cada una de tus decisiones.

Quizás nunca encuentres una persona que siempre tenga tiempo para responderte de inmediato.

Pero sí puedes aprender a que una demora deje de sentirse como una amenaza.

La madurez no consiste en encontrar un mundo que nunca active nuestras heridas.

Consiste en dejar de responder automáticamente cada vez que esas heridas se activan.

La verdadera diferencia

Las personas pueden cambiar.

Tú puedes cambiar.

Pero ese cambio no ocurre por arte de magia ni simplemente porque aparece una nueva pareja.

Ocurre cuando ambos están dispuestos a revisar aquello que aprendieron.

Cuando ambos pueden preguntarse:

”¿Esto que hago realmente me ayuda a construir la relación que quiero?”

”¿O simplemente estoy repitiendo una respuesta que aprendí hace muchos años?”

Porque nadie llega a una relación como un sistema recién salido de fábrica.

Todos llegamos con una historia.

Con aprendizajes.

Con aciertos.

Con errores.

Con maneras de amar que alguna vez tuvieron sentido.

Y quizás una de las mayores muestras de madurez no sea encontrar a alguien perfectamente programado para nosotros.

Sino encontrarnos con alguien dispuesto a seguir aprendiendo.

Y, al mismo tiempo, convertirnos nosotros en una persona dispuesta a revisar su propia programación.

Porque las mejores relaciones no son aquellas donde nadie necesita cambiar.

Son aquellas donde ambos siguen aprendiendo.

Un último pensamiento

Si has llegado hasta aquí, quizás te hayas dado cuenta de algo.

La pregunta nunca fue solamente por qué tu ex era así.

La verdadera pregunta es cómo ambos aprendieron a relacionarse de esa manera.

Y, sobre todo, qué puede aprender cada uno a partir de esa experiencia.

Porque entender una relación no consiste en encontrar un culpable.

Consiste en comprender cómo dos historias de aprendizaje se encontraron, se influyeron mutuamente y construyeron una forma particular de relacionarse.

Y esa comprensión puede convertirse en el punto de partida para algo mucho más importante que entender el pasado.

Puede convertirse en la oportunidad de construir un futuro diferente.

¿Y cómo se cambia una programación que lleva años repitiéndose?

Este es precisamente el trabajo que realizamos en terapia.

No se trata simplemente de conversar ni de recibir consejos.

Se trata de comprender cómo se fue construyendo tu forma de interpretar las relaciones, qué aprendizajes siguen guiando tus decisiones y cuáles de ellos hoy están generando más sufrimiento que bienestar.

A partir de ahí comenzamos un proceso profundo de cambio.

No para convertirte en otra persona.

Sino para ayudarte a responder de una manera más libre, más consciente y más coherente con la vida y las relaciones que deseas construir.

Porque cuando entiendes cómo aprendiste a amar, también empiezas a descubrir que siempre puedes seguir aprendiendo.

Para comenzar simplemente agenda una sesión de asesoría personalizada para analizar tu caso particular y juntos evaluar el mejor camino para una terapia efectiva que te permita superar esta etapa difícil de tu vida.

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