Las historias de esta sección se inspiran en experiencias y situaciones reales relacionadas con las rupturas de pareja. Los personajes, diálogos y circunstancias narradas pueden haber sido recreados o modificados con fines ilustrativos, de modo que cada relato constituye una elaboración narrativa y no una reproducción literal de una historia particular.
A veces nos aferramos a un ex para evitar el vacío
Había pasado un tiempo desde que este hombre, cercano a los cuarenta años, se había separado de su esposa. Tenían dos hijos en común, pero después de la separación, los niños se habían quedado viviendo con su madre, quien se había trasladado a otra ciudad.
Él, en cambio, tuvo que enfrentar una serie de cambios que no eran menores. Vender la casa en la que habían vivido, buscar un nuevo lugar donde instalarse y comenzar a organizar una vida que, de pronto, se había quedado sin muchas de las cosas que antes parecían formar parte de su rutina.
Sin embargo, había algo que tenía bastante claro: la relación había terminado. Ya no quería continuar con su esposa. Durante las primeras etapas de la separación había trabajado la culpa que le producía verla sufrir, pero con el paso del tiempo había logrado comprender que terminar una relación no significaba necesariamente estar haciendo algo malo.
Lo que todavía le costaba era algo mucho más cotidiano.
Cada vez que le ocurría algo durante el día, aparecía el impulso de contárselo a ella. Si iba al supermercado, si tenía algún problema en el trabajo, si le sucedía algo interesante o simplemente si quería compartir alguna anécdota, sentía el deseo de escribirle.
No era necesariamente porque quisiera volver. Era porque durante mucho tiempo ella había sido la persona a quien le contaba sus cosas.
Y ahora, cuando terminaba el día, sentía que no tenía a quién contarle lo que le había pasado.
En una de nuestras conversaciones le pregunté:
—¿Y qué pasaría si un día no le escribieras? ¿Qué pasaría si dejaras pasar ese impulso de contarle algo?
Su respuesta fue inmediata.
—Es que ahí aparece el vacío. Siento que no hay nada. Que quedo totalmente desconectado y que no tengo a quién decirle mis cosas del día.
Cuando el vacío tiene una historia
Esa respuesta nos permitió comenzar a mirar algo que hasta ese momento no habíamos explorado con tanta profundidad.
El problema no era solamente que extrañara a su esposa. Era que, cuando dejaba de comunicarse con ella, aparecía una experiencia de soledad que le resultaba profundamente angustiante.
Y esa experiencia tenía una historia.
Durante su infancia había vivido en un contexto familiar inestable, marcado por discusiones, violencia entre sus padres, infidelidades y separaciones. En una etapa en la que todavía necesitaba del cuidado de un adulto, pasó largos períodos solo, teniendo que hacerse cargo de sí mismo. A los trece años, por ejemplo, ya había vivido situaciones en las que debía preocuparse por sus propias necesidades sin contar necesariamente con alguien disponible para ayudarlo.
No necesitábamos reconstruir cada uno de esos episodios para comprender algo importante.
En algún momento de su historia, estar solo había significado algo más que no tener compañía. Había significado quedarse sin alguien a quien acudir, sin alguien que pudiera ayudarlo si le ocurría algo.
Y ahora, muchos años después, cuando terminaba su relación de pareja y se encontraba solo en su casa, esa experiencia volvía a aparecer.
No era el mismo niño. Pero la angustia que sentía parecía tener algo de aquella soledad que había conocido antes.
Cuando hablar con alguien se convierte en una forma de escapar
Por eso, contarle su día a su expareja no era solamente una forma de compartir información. También era una manera de reducir esa sensación de desconexión. Una forma de sentir que todavía había alguien al otro lado.
Y aquí apareció algo muy importante para comprender lo que estaba ocurriendo.
Cada vez que él sentía ese vacío, buscaba comunicarse con ella. Y cada vez que lo hacía, experimentaba cierto alivio.
La angustia disminuía. La sensación de desconexión se hacía menos intensa. Por un momento, dejaba de sentirse solo.
Ese alivio, aunque era comprensible y completamente humano, tenía un efecto sobre su conducta.
Había aprendido que comunicarse con ella era una manera eficaz de escapar de esa experiencia que tanto le angustiaba.
Y cuando una conducta permite reducir o eliminar algo que nos resulta desagradable, aumenta la probabilidad de que volvamos a utilizarla en situaciones similares.
A esto se le conoce como reforzamiento negativo. No significa que la conducta sea mala, sino que algo que nos resulta desagradable disminuye después de realizarla y, precisamente por ese alivio, la conducta se fortalece.
Pensemos en lo que ocurría con él.
Aparecía el vacío. Sentía angustia. Buscaba a su expareja. La angustia disminuía.
Y así, cada vez que el vacío volvía a aparecer, la comunicación con ella se convertía en una respuesta cada vez más disponible.
El problema no era que hablar con ella fuera necesariamente algo perjudicial. El problema era que había comenzado a depender de esa conducta para dejar de sentir una experiencia que le resultaba difícil tolerar.
Y eso podía ocurrir incluso cuando ya no quería continuar con la relación.
Porque una cosa es querer estar con alguien y otra muy distinta es haber aprendido a utilizar la comunicación con esa persona para aliviar el malestar que aparece cuando estamos solos.
El ciclo que mantiene el apego
Quizás por eso algunas personas se sorprenden cuando, después de una separación, se descubren buscando a su expareja para contarle algo que les ocurrió durante el día.
No necesariamente quieren volver. No necesariamente creen que la relación pueda funcionar. A veces, simplemente, no saben qué hacer con la sensación que aparece cuando dejan de comunicarse.
Y mientras más recurren a esa comunicación para aliviar el vacío, más difícil puede resultar permanecer en él sin buscar nuevamente a la otra persona.
Es como si cada vez que aparece la angustia, la conducta de escapar se volviera más rápida, más automática y más necesaria.
Aprender a permanecer en el vacío
Por eso, el trabajo que comenzamos a hacer con este hombre fue distinto.
No se trataba de convencerlo de que no necesitaba a nadie. Tampoco de decirle que tenía que acostumbrarse a estar solo o que debía disfrutar de la soledad.
Se trataba de aprender a permanecer en esa experiencia sin tener que escapar inmediatamente de ella.
Cuando aparecía el impulso de escribirle, comenzamos a trabajar en que pudiera reconocerlo, observar la angustia que aparecía y dejar pasar un tiempo sin responder automáticamente a ese impulso.
Al principio, el vacío seguía ahí. La angustia también.
Y eso era precisamente lo que necesitábamos trabajar.
Porque si cada vez que aparecía esa sensación él buscaba comunicarse con ella para aliviarla, nunca tenía la oportunidad de descubrir qué podía ocurrir si no lo hacía.
No alcanzaba a experimentar que la angustia podía permanecer durante un tiempo y luego disminuir, que podía sentirse solo sin que necesariamente ocurriera algo malo, que podía continuar con su día aun cuando esa sensación no hubiera desaparecido por completo.
La exposición consistía, justamente, en eso: permitir que apareciera el vacío y permanecer en él sin recurrir inmediatamente a la conducta que antes utilizaba para aliviarlo.
No se trataba de aguantar por aguantar. Se trataba de generar una experiencia de aprendizaje diferente.
Hasta ese momento, su aprendizaje había sido algo parecido a esto:
«Cuando me siento solo, necesito comunicarme con ella para dejar de sentirme así».
Ahora comenzábamos a construir una experiencia distinta:
«Puedo sentirme solo, puedo experimentar angustia y no necesito comunicarme con ella para poder continuar con mi vida».
Y esa diferencia era enorme.
Porque el cambio no dependía de que desapareciera la angustia antes de actuar. Dependía de que pudiera actuar de una manera diferente, incluso cuando la angustia todavía estuviera presente.
Descubrir que podía estar solo sin estar desamparado
Poco a poco comenzó a descubrir algo que antes le resultaba difícil de experimentar: podía sentirse solo y, aun así, continuar con su día.
Podía ir al supermercado. Podía hacerse cargo de sus cosas. Podía preparar su comida, organizar su casa, resolver sus problemas y terminar el día sin tener que contarle a alguien cada una de las cosas que le habían ocurrido.
Y si necesitaba compartir algo, también podía buscar otras formas de hacerlo. Escribir, darse un tiempo para pensar, conversar con familiares o comenzar a construir nuevas conexiones con otras personas.
No tenía que reemplazar inmediatamente a su expareja. Podía aprender, simplemente, a permanecer consigo mismo.
Con el tiempo, el impulso de escribirle para contarle su día comenzó a disminuir.
Cada vez que aparecía, podía reconocerlo y dejarlo pasar. Ya no necesitaba actuar sobre él de inmediato. Podía sentir esa angustia, permanecer en ella y continuar con su vida.
Y entonces ocurrió algo importante.
El vacío no desapareció de un día para otro. Pero dejó de ser una experiencia de la que necesariamente tenía que escapar.
Descubrió que podía estar solo sin quedar desamparado. Que podía sentir angustia sin que eso significara que algo malo estaba ocurriendo. Que podía pasar un día entero sin hablar con su expareja y, aun así, seguir estando conectado con su propia vida.
Y quizás ese fue uno de los aprendizajes más importantes de su proceso: comprender que estar solo no era lo mismo que estar abandonado.
Que la ausencia de una conversación no significaba que no hubiera nadie en el mundo.
Y que, aunque el vacío siguiera apareciendo de vez en cuando, ya no tenía que hacer cualquier cosa para dejar de sentirlo.
El vacío también aparece en otras formas de apego
A veces, el desapego comienza precisamente ahí: cuando dejamos de escapar de aquello que nos asusta y descubrimos que podemos permanecer en ello.
Y esto no ocurre solamente con las exparejas.
También puede ocurrir cuando revisamos las redes sociales de alguien para aliviar la incertidumbre, cuando buscamos una respuesta para dejar de sentir angustia, cuando necesitamos que otra persona nos tranquilice cada vez que aparece el miedo o cuando hacemos cualquier cosa para no quedarnos a solas con nuestros pensamientos.
En todos esos casos, podemos preguntarnos algo parecido:
¿Qué estoy haciendo para dejar de sentir esto?
Y luego:
¿Qué podría descubrir si, en lugar de escapar inmediatamente, me permitiera permanecer un momento en esta experiencia?
Porque quizás el problema no sea solamente aquello que sentimos cuando estamos solos.
Quizás también tenga que ver con todo lo que hemos aprendido a hacer para no sentirlo.
Y el desapego, en ocasiones, comienza cuando dejamos de necesitar que alguien nos alivie de aquello que todavía estamos aprendiendo a experimentar.
El maravilloso viaje del desapego continúa.
Hace 7 meses que estoy viviendo ese proceso, después de 20 años de relación, el proceso se hace más difícil aún, cuándo ya se está en los 60 y tantos.
En ésta etapa de la vida, las pérdidas en todos los sentidos se comienzan a vivir con frecuencia y cuándo es mas necesario un otro con quién hablar y compartir las penas y las alegrías. Estoy dejando que las emociones me inunden, les doy un tiempo dentro de mi cuerpo, para después procesarlas, entenderlas y abrazarme. Cada vez con menos urgencia necesito un otro que me escuche.
Gracias Hugo por estar y compartir tus conocimientos.