Una historia para comenzar
Hace algunos años, fuimos con mi esposa y mis dos hijos al Museo Interactivo Metropolitano, en Santiago. Mis niños tenían 6 y 10 años. Mientras esperábamos que mi esposa comprara las entradas, nos quedamos en una zona de juegos. Ahí conocimos a un niño que estaba con su papá. Jugó un rato con mis hijos, le di mi nombre, le pregunté el suyo, y compartimos algunas sonrisas.
Lo curioso ocurrió después: cuando entramos al museo, ese niño decidió seguirnos. Durante toda la visita, se mantuvo con nosotros. Nos llamaba, nos buscaba, corría para no perderse. Aunque andaba con su papá, algo en ese encuentro le hizo querer estar con nosotros. ¿Por qué?
Porque se sintió visto. Porque encontró en ese breve momento algo que todos buscamos, a cualquier edad: conexión.
Inevitablemente y aunque llevamos ese vínculo espontáneo de manera respetuosa, al final del día llegó el momento de despedirnos, y sobrevino en él la tristeza esperable al despedirnos.
Eso es el apego.
¿Por qué nos apegamos?
La respuesta está en nuestra biología. El ser humano nace profundamente vulnerable. Un recién nacido no puede sobrevivir sin el cuidado constante de otro. Y eso no cambia del todo cuando crecemos: seguimos necesitando del otro para vivir bien.
Por eso, nuestro cuerpo está diseñado para buscar cercanía. El apego es ese vínculo emocional profundo que se forma con quienes sentimos como “base segura”. Personas que nos transmiten: “estás a salvo”, “puedes descansar”, “eres importante”.
Nos apegamos porque lo necesitamos para sobrevivir.
Pero también para vivir con sentido.
¿Y qué pasa cuando ese vínculo se rompe?
Cuando perdemos o nos separamos de una figura de apego —una pareja, por ejemplo—, se enciende una alarma. Literalmente.
Nuestro sistema nervioso, al detectar la ausencia de esa fuente de seguridad, entra en estado de alerta.
Ahí aparecen el estrés (reacciones físicas: taquicardia, falta de sueño, tensión corporal) y la ansiedad (preocupaciones, pensamientos obsesivos, miedo al abandono, inseguridad).
Lo que le ocurre a un bebé cuando su madre se aleja, también le ocurre a un adulto cuando su pareja se va. La diferencia está en las palabras que usamos, pero la base es la misma.
¿Por qué unas personas sufren más que otras?
La intensidad con la que se vive esta separación puede variar enormemente entre personas. Hay muchos factores que influyen:
- Nuestra biografía emocional (cómo fueron nuestros vínculos de infancia).
- Nuestra historia de relaciones pasadas.
- Factores biológicos, como la sensibilidad de nuestro sistema nervioso.
- Incluso variables hormonales o del estado de salud mental en el momento de la ruptura.
Por eso, no hay una “respuesta correcta” ante una pérdida. Cada persona la vive según su historia y sus recursos emocionales.
¿Y cómo se calma esta tormenta?
No hay una fórmula mágica. Pero sí hay un camino.
Calmar el apego y la ansiedad no es olvidar o reprimir. Es aprender a regular.
Y eso implica dos cosas:
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Corregulación emocional: permitirnos ser sostenidos por otros. Buscar redes de apoyo, amigos, familia, o espacios terapéuticos donde podamos descargar sin juicio. El dolor compartido pesa menos.
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Autorregulación emocional: desarrollar herramientas propias para calmarnos. Técnicas de respiración, movimiento corporal, descanso, escritura, meditación. Y también aprender a manejar nuestros pensamientos para no alimentar el sufrimiento.
A veces, no es solo la ruptura. Es toda tu historia hablando.
Cuando se activa esta alarma de ansiedad y desesperación, muchas veces no es solo por la relación que terminó. Es porque esa persona ocupaba un lugar profundo en tu historia emocional. Tal vez tocó heridas viejas. Tal vez era la única fuente de estabilidad. Tal vez te hacía sentir visto por primera vez.
Y en esos casos, la sanación no está solo en “superar” a alguien. Está en revisar tu biografía, entender cómo fuiste construyendo tus vínculos y qué patrones has repetido sin saberlo.
Acompañamiento para volver a ti
Si estás pasando por una separación y sientes que la ansiedad te sobrepasa, no estás solo.
Este proceso no se trata solo de olvidar. Se trata de reconstruirte.
Desde el acompañamiento psicológico especializado en rupturas, podemos trabajar en:
- Regular tu ansiedad y emociones.
- Entender tus patrones de apego.
- Revisar tu historia afectiva.
- Y sobre todo, recuperar tu centro, para que no dependas exclusivamente de otro para sentir calma.
Si quieres comenzar ese proceso, este es un buen momento para una asesoría personalizada.
Es posible volver a ti. Y hacerlo con amor.
Hugo Huerta Fernández
Psicólogo y Fundador de corazonroto®
estoy pasando por un momento mal nesecito ayuda 🙏