El maravilloso viaje del desapego [PARTE 4]

Cómo dejar de amar

Hay una pregunta que probablemente todos nos hemos hecho alguna vez después de una ruptura:

¿Cómo dejo de amar?

Y debo comenzar haciendo una precisión.

No sé exactamente qué es el amor.

Probablemente nadie pueda definirlo de una manera que abarque todo lo que significa para nosotros. Podemos hablar de emociones, de vínculos, de aprendizaje, de historia, de apego, de deseo, de compañía, de proyectos compartidos… pero reducir el amor a una sola definición me parece, cuando menos, arriesgado.

Por eso no pretendo responder aquí qué es el amor. Porque el amor es un sustantivo del cual podemos hablar, definir, al que podemos describir y atribuirle características y todo eso podría tomarnos toda la vida.

Yo quiero hablar de algo diferente:

de amar.

Porque amar es un verbo; y los verbos se ejecutan, se llevan a conductas.

Y cuando lo observamos como verbo, podemos mirar algo mucho más concreto: las conductas que realizamos hacia aquello que amamos.

Hace un tiempo, mi hijo menor, cuando tenía 11 años, me pidió que lo ayudara a plantar una palta o aguacate, como se conoce en otros países.

Comenzamos con un cuesco.

Lo limpiamos, lo dejamos en una bolsa y, después de un tiempo, seguimos con otro de esos procedimientos que uno va descubriendo mientras aprende: frío, oscuridad, paciencia… hasta que finalmente apareció una raíz.

Después lo pusimos en un vaso con agua, afirmado con unos mondadientes, esperando que las raíces siguieran creciendo.

Y crecieron.

Hasta que llegó el momento de llevarlo a la tierra, a una maceta.

Y el pequeño árbol siguió creciendo.

Pasaron los días.

Después las semanas.

Y luego las estaciones.

Y nosotros lo cuidábamos.

Lo regábamos.
Observábamos cómo crecía.
Nos preocupábamos cuando algo parecía no estar bien.
Estábamos atentos a sus necesidades.

Había algo muy hermoso en todo aquello.

Mi hijo amaba ese árbol.

Y podemos decirlo así precisamente porque las conductas que realizaba hacia él eran conductas amorosas.

Cuidarlo, regarlo, observarlo, preocuparse por él.

Su amor se expresaba en lo que hacía.

Pero llegó un verano especialmente caluroso.

El cambio de estación nos sorprendió y la frecuencia y cantidad de agua que estábamos entregándole ya no eran suficientes.

Cuando nos dimos cuenta, el árbol ya estaba muriendo.

Mi hijo intentó hacer lo que parecía lógico:

regarlo más.

Porque todavía lo amaba.

Y probablemente ese sea uno de los aspectos más difíciles de comprender cuando perdemos algo que amamos.

Que seguir sintiendo amor no significa necesariamente que todavía podamos salvar aquello que amamos.

Aunque aumentemos nuestros esfuerzos.

Aunque reguemos más.

Aunque cuidemos más.

Aunque hagamos todo lo que creemos que deberíamos haber hecho antes.

Llegó un momento en que ya era demasiado tarde.

El árbol estaba muriendo y tuvimos que aceptar una realidad muy dolorosa:

no siempre podemos mantener vivo aquello que amamos.

Y entonces apareció una conversación que, con el tiempo, me pareció mucho más profunda de lo que imaginábamos en ese momento.

Podíamos seguir amando el árbol.

Pero teníamos que dejar de actuar como si todavía estuviera vivo.

Porque continuar regándolo no iba a devolverle la vida.

En ese momento, nuestras conductas amorosas se habían convertido en un esfuerzo fútil: un esfuerzo sincero, pero incapaz de producir aquello que buscábamos.

Y creo que algo parecido ocurre después de algunas rupturas.

EL amor no desaparece de un día para otro.

De hecho, intentar dejar de sentir amor puede convertirse en una lucha agotadora.

Quizás el problema está en otra parte.

Quizás no necesitamos comenzar preguntándonos:

“¿Cómo dejo de sentir amor?”

Quizás necesitamos preguntarnos:

“¿Cómo dejo de amar?”

Porque amar, como verbo, implica hacer.

Buscar.
Mirar.
Escribir.
Preguntar.
Recordar.
Revisar fotografías.
Visitar sus redes sociales.
Buscar señales.
Imaginar encuentros.
Hablar constantemente de esa persona.
Fantasear con volver.
Preocuparse por lo que estará haciendo.

Son conductas.

Y las conductas sí podemos modificarlas.

Por eso, dejar de amar no necesariamente comienza haciendo desaparecer el sentimiento.

Puede comenzar reduciendo progresivamente las conductas amorosas que dirigimos hacia esa persona.

Menor frecuencia.Menor intensidad.Menor duración.

(No te enfoques en dejar de sentir amor, sino en dejar de amar)

No porque el amor haya sido falso.

No porque debamos convencernos de que esa persona nunca nos importó.

Y tampoco porque podamos ordenarnos:

“Deja de sentir amor.”

Sino porque llega un momento en que tenemos que aceptar que aquello que estábamos cuidando ya no está ahí para ser cuidado de la misma manera.

Y entonces podemos seguir sintiendo amor…

pero dejar de regarlo. O en el caso de las rupturas dejar de hacer deliberadamente y de forma más o menos gradual, todas aquellas conductas amorosas que hacíamos cuando la relación aún estaba viva.

Así, poco a poco…dejamos de amar.

Aquí aparece una pregunta todavía más interesante.

Porque si queremos comprender realmente una conducta, no basta con preguntarnos qué hacemos.

También podemos preguntarnos:

¿Para qué lo hacemos?

¿Para qué seguíamos regando aquel árbol?

La respuesta parece obvia:

para mantenerlo vivo.

Pero hay otra respuesta.

Regarlo también nos permitía sentir cosas.

Nos permitía sentir que estábamos cuidándolo.

Que estábamos haciendo algo por él.

Que todavía podíamos hacer algo.

Que todavía había esperanza.

Y ahí aparece una pregunta que puede cambiar completamente el peso de nuestro propio camino:

Entonces, ¿para qué amábamos?

Quizás esa pregunta sea mucho más importante que preguntarnos simplemente:

“¿Cómo dejo de amar?”

Porque nuestras conductas amorosas no solamente estaban dirigidas hacia otra persona.

También tenían consecuencias para nosotros.

Nos hacían sentir cerca.

Nos daban esperanza.

Nos daban propósito.

Nos permitían sentirnos importantes para alguien.

Nos permitían cuidar y ser cuidados.

Nos permitían imaginar un futuro.

Y cuando una relación termina, no solamente perdemos a una persona.

También perdemos muchas de las consecuencias que obteníamos al comportarnos amorosamente con ella.

Por eso dejar de amar puede ser tan difícil.

No estamos solamente intentando dejar de hacer algo.

Estamos aprendiendo a vivir sin aquello que esa conducta nos permitía sentir.

Y quizás por eso el camino del desapego no consista en arrancarnos el amor de encima.

Quizás consista, primero, en dejar de regar aquello que ya murió.

Bajar la frecuencia.

Bajar la intensidad.

Bajar la duración.

Y poco a poco aprender que podemos sentir, vivir y encontrar significado sin tener que seguir ejecutando las mismas conductas amorosas hacia aquello que ya no está.

Porque a veces el verdadero comienzo del desapego no consiste en dejar de sentir.

Consiste en dejar de actuar como si aquello que amamos todavía estuviera vivo.

Y entonces queda una pregunta abierta.

Una pregunta que quizás sea todavía más importante que “¿cómo dejo de amar?”:

¿Para qué amaba?

Porque si una persona se convirtió en el lugar donde encontrabas todas esas cosas que te hacían sentir bien, quizás el siguiente paso del desapego no sea aprender a vivir sin esa persona.

Quizás sea descubrir qué era exactamente lo que ibas a buscar en ella.

Y, sobre todo, descubrir si aquello que buscabas realmente pertenecía a esa persona.

O si, de alguna manera, siempre había sido tuyo.

Ahí comienza la siguiente parte de este viaje.

© Hugo Huerta Fernández — El maravilloso viaje del desapego. Todos los derechos reservados.

6 comentarios en «El maravilloso viaje del desapego [PARTE 4]»

  1. Hugo, ni siquiera imaginas todo lo que me ayudas. Es tán difícil internalizar lo que explicas, al leerlo me parece sencillo, pero cuándo pasan las horas y los días y mi cuerpo se remece de tanto extrañar, vuelvo a leer todo lo que escribes.
    Gracias por entregar tus conocimientos y empatizar con los que la estamos pasando mal, das una luz de esperanza con cada capítulo que escribes.🌹

    Responder
    • Gracias a ti por contarme esto. ❤️

      Y hay algo de lo que dices que me parece muy importante: “al leerlo me parece sencillo, pero cuando pasan las horas y los días mi cuerpo se remece de tanto extrañar…”

      Justamente por eso quiero decirte algo que suelo conversar con mis pacientes.

      ¿Recuerdas la película Náufrago? Cuando el protagonista finalmente logra salir de la isla, la primera vez que intenta atravesar las olas, el mar lo devuelve. No porque no quisiera salir, sino porque todavía no sabía cómo hacerlo y porque las fuerzas del mar eran mayores que sus recursos en ese momento.

      Después lo vuelve a intentar.

      Y esta vez lo consigue.

      Pero hay algo importante: no consiguió salir porque el mar dejara de tener olas. Consiguió salir porque aprendió a atravesarlas.

      A veces el proceso de una ruptura se parece mucho a eso.

      Hay días en que lees algo, lo entiendes, sientes que estás avanzando… y después llega una de esas oleadas emocionales: extrañas, recuerdas, tu cuerpo se estremece y por un momento parece que todo volvió a comenzar.

      Pero esa oleada no significa que hayas vuelto a la isla.

      Es solamente una ola.

      Y tu tarea no es conseguir que el mar se calme para poder avanzar. Tu tarea es aprender a atravesar las olas.

      Algunas al principio te van a revolcar. Otras te van a hacer retroceder un poco. Pero cada vez vas aprendiendo algo nuevo sobre cómo sostenerte cuando llegan.

      Por eso, si mañana vuelves a extrañar, no pienses inmediatamente: “estoy otra vez en el principio”.

      Pregúntate más bien:

      “¿Será que estoy frente a una nueva ola?”

      Porque quizás el maravilloso viaje del desapego no consiste en llegar a un punto donde nunca más sientas dolor.

      Consiste en que llegue el día en que una ola que antes te destruía, simplemente pase sobre ti… y tú sigas ahí.

      Gracias por leerme, por volver a leer cuando lo necesitas y, sobre todo, por seguir intentando. 🌹
      La isla quedó atrás. Ahora estás aprendiendo a atravesar el mar.

      Responder
  2. Antes que nada, muchas gracias Hugo por este espacio. Te sigo hace un año y me acompañas en este proceso. Hay una canción ( en Argentina) que dice: «dónde hay dolor habrá canciones» hace un tiempo sumida en el profundo dolor del rechazo y de haber visto a mi ex con otra, siendo que hacia dos días me había dicho que estaba solo y que me amaba en ese noche oscura escribí esto:
    Me rehuso a seguir buscando dónde solo hay un corazón tieso y frío.
    Me rehuso a seguir buscando agua en un arroyo seco, dónde prometia ser un manantial, y donde lo único que hay son las grietas de un pasado prominente. Y que ahí, solo ahí mi reina morderas el polvo.
    Me rehuso a seguir buscando petróleo en Marte si en la tierra tenés el sol.
    De que sirve tu obstinada búsqueda?
    quizás y solo tal vez para sentir el último latido de un amor que acaba de morir.
    Poema para los desahuciados que buscan entre los escombros….
    quise compartirlo con vos…. saludos.
    Tengo la esperanza que esto pase y que algún día vuelva a florecer en mi un nuevo amor.

    Responder
    • Gracias por compartirlo conmigo. De verdad.

      Hay algo en tu poema que me parece especialmente poderoso: “Me rehúso a seguir buscando…”

      Quizás ese sea uno de los momentos más importantes del desapego: no cuando dejas de amar de un día para otro, ni cuando desaparece el dolor, sino cuando finalmente decides dejar de buscar agua en un lugar donde ya no la hay.

      Y mientras te leía pensé en algo que conté en esta parte: el palto que planté con mi hijo menor. A veces sabemos que algo terminó, pero seguimos haciendo cosas como si todavía pudiera volver a ser lo que fue.

      Dejar de regar no significa que nunca te importó el árbol.

      Significa que «aceptaste que el árbol murió».

      Y quizás con los amores ocurre algo parecido.

      No tienes que negar lo que sentiste, ni borrar la historia, ni convencerte de que esa persona nunca fue importante, ni siquiera dejar de amar. Puedes reconocer que hubo amor y, al mismo tiempo, aceptar que ese amor ya no tiene dónde crecer.

      Y sobre lo último que dices, sí: tengo la esperanza de que esto pase también.

      Pero quizás haya algo todavía más bonito que esperar que vuelva a florecer un nuevo amor.

      «Primero deja que vuelvas a florecer tú»

      Después veremos quién llega a disfrutar de esa primavera.

      Un abrazo grande. Y gracias por dejarme leer lo que escribiste.

      Responder
      • ufff gracias por tu respuesta y por leerme. Sentirse entendida en este momento tan difícil es sumamente importante. A la distancia es de gran ayuda. Es muy bueno lo que haces! abrazo grande y muchas gracias!!

        Responder

Deja un comentario