El maravilloso viaje del desapego [PARTE 5]

¿Para qué amabas?

En la parte anterior de este viaje nos hicimos una pregunta:

¿Cómo dejar de amar?

Y llegamos a una distinción que para mí es fundamental.

Una cosa es el amor, esa experiencia humana tan difícil —quizás imposible— de definir completamente.

Y otra cosa es amar.

Amar es un verbo.

Y como verbo podemos observarlo en lo que hacemos.

En nuestras conductas amorosas.

Buscar.
Mirar.
Escribir.
Preguntar.
Recordar.
Revisar fotografías.
Visitar sus redes sociales.
Buscar señales.
Imaginar encuentros.
Hablar de esa persona.
Fantasear con volver.
Preocuparnos por lo que estará haciendo.

Y llegamos a una conclusión:

no siempre podemos decidir cuándo dejamos de sentir amor, pero sí podemos comenzar a modificar nuestras conductas amorosas.

Podemos bajar su frecuencia.

Su intensidad.

Su duración.

Como cuando dejamos de regar un árbol que ya no podemos mantener vivo.

Pero entonces quedó una pregunta pendiente.

Una pregunta que quizás sea todavía más interesante:

¿Para qué amábamos?

Hace muchos años, cuando todavía estaba estudiando Psicología, fui a visitar a una de mis hermanas.

En nuestra familia siempre ha habido características muy bonitas entre los hermanos, pero ella ocupa, sin ninguna duda, el lugar de la científica.

Es médica, doctora en Neurociencias y ha dedicado buena parte de su vida a la investigación y a la atención de pacientes.

Cuando llegué a su casa tenía una perrita pequeña llamada Sofi.

Sofi era muy nerviosa.

Ladraba muchísimo cuando alguien tocaba el timbre, se inquietaba y parecía tener demasiadas cosas que decir cada vez que alguien llegaba.

Yo, que todavía estaba estudiando Psicología y probablemente tenía bastante más confianza en mis conocimientos de la que correspondía en ese momento de mi camino profesional, le dije a mi hermana:

—No te preocupes. Te voy a enseñar una manera de organizar esto.

Comencé enseñándole a Sofi una conducta muy sencilla.

—Sentadita.

Cada vez que decía “sentadita”, le ayudaba a bajar la cola hasta que se sentara y, cuando lo hacía, le daba una galletita.

Una vez.

Otra vez.

Y otra.

Hasta que ocurrió algo interesante.

Dije:

—Sentadita.

Y Sofi se sentó sola.

Entonces recibió su galleta.

—¿Viste? —le dije a mi hermana—. Ya aprendió.

Pero ahora venía la verdadera prueba.

Le pedí a mi hermana que saliera de la casa y tocara el timbre.

Yo me quedaría adentro con Sofi.

Mi hermana salió.

Tocó el timbre.

Sofi comenzó a ladrar.

Entonces le dije:

—Sentadita.

Y Sofi se sentó.

Yo fui hasta la puerta, la abrí y allí estaba ella:

sentadita, esperando su galleta.

Mi hermana se quedó sorprendida.

Se rio.

Y recuerdo que le causó mucha gracia comprobar cómo aquel pequeño problema que había tenido con Sofi acababa de resolverse de una manera tan sencilla.

Pero hubo algo más que me quedó grabado.

Ella, que había dedicado su vida a estudiar el cerebro, acababa de comprobar en algo tan cotidiano como el comportamiento de una pequeña perrita que la ciencia de la conducta también podía aportar algo concreto a su vida.

No se trataba de competir con las Neurociencias.

Se trataba simplemente de descubrir que, a veces, comprender lo que hace un organismo y las consecuencias que obtiene al hacerlo puede ayudarnos a cambiar una conducta.

Y entonces podemos hacer una pregunta muy sencilla:

¿Para qué se sentaba Sofi?

La respuesta parece obvia.

Para recibir su galleta.

Pero aquí tenemos que detenernos un momento.

Porque cuando hablamos de conducta, no basta con describir lo que alguien hace.

También podemos preguntarnos:

¿Qué obtiene cuando lo hace?

¿Cuál es la consecuencia?

¿Qué hace que esa conducta vuelva a ocurrir?

Y esto nos permite volver al amor.

Porque quizás amar no solamente nos permitía estar con alguien.

Quizás también nos permitía sentir.

Sentirnos queridos.

Deseados.

Importantes.

Acompañados.

Seguros.

Necesarios.

Esperanzados.

Quizás nos permitía escapar de la soledad.

Quizás nos permitía imaginar un futuro.

Quizás nos permitía sentir que nuestra vida tenía un determinado sentido.

Y entonces la pregunta empieza a cambiar.

Ya no es solamente:

“¿A quién amabas?”

Ni siquiera:

“¿Por qué amabas?”

La pregunta es:

¿Para qué amabas?

Porque si queremos comprender nuestras conductas amorosas, quizás tengamos que descubrir qué obteníamos nosotros al realizarlas.

Y aquí aparece una idea que puede resultar incómoda.

Tal vez esa persona no era la fuente de todas esas cosas que sentíamos.

Tal vez se había convertido en el lugar donde íbamos a buscarlas.

Como Sofi.

Sofi no se sentaba porque sentarse fuera maravilloso.

Se sentaba porque había aprendido que después de sentarse llegaba una galleta.

Y nosotros también aprendemos.

Aprendemos dónde encontrar nuestras propias galletas.

En una mirada.

En un mensaje.

En un abrazo.

En un “te extraño”.

En un “te amo”.

En una llamada.

En la intimidad.

En la compañía.

En sentirnos elegidos.

En sentir que alguien nos necesita.

Y cuando una persona se convierte durante años en nuestro principal lugar para obtener esas consecuencias, puede parecer que las galletas pertenecen a esa persona.

Pero quizás no.

Quizás simplemente aprendimos a buscarlas allí.

Por eso, imaginemos por un momento que tu pareja se llamaba José.

Podría haberse llamado Víctor.

Marcelo.

Manuel.

El nombre probablemente no era lo esencial.

Lo esencial era aquello que ocurría cuando estabas con esa persona.

Porque esa persona se había convertido en la fuente de tus galletas.

Y entonces aparecen algunas preguntas que pueden cambiar completamente la manera en que miramos una ruptura:

¿Puedes vivir sin esas galletas?

O quizás una pregunta todavía más importante:

¿Puedes encontrar otras galletas que también puedan satisfacer tu vida?

¿Puedes encontrarlas en otros vínculos?

¿En otras actividades?

¿En nuevos proyectos?

¿En otras formas de sentirte acompañado, querido, útil, competente, deseado o importante?

Y entonces aparece otra pregunta:

¿Cuánto tiempo más vas a quedarte esperando las galletas en ese lugar?

¿Cuánto tiempo más vas a insistir en sacar galletas de una bolsa donde ya no quedan?

Porque quizás el problema no sea que todavía tengas hambre.

Quizás el problema sea que sigues buscando comida en el mismo lugar donde aprendiste a encontrarla.

Y aquí quiero dejarte con una pregunta.

No quiero responderla por ti.

Porque, así como no puedo decirte exactamente qué es el amor, tampoco puedo decirte para qué amabas tú.

Eso tendrás que descubrirlo tú.

Pero recuerda a Sofi.

Ella se sentaba.

Y nosotros sabemos para qué.

Para recibir su galleta.

Entonces ahora te pregunto a ti:

¿Tú para qué amabas?

En la parte 6 de nuestro viaje ahondaremos en qué hacer cuando encontramos la respuesta a esta pregunta.

© Hugo Huerta Fernández — El maravilloso viaje del desapego. Todos los derechos reservados.

6 comentarios en «El maravilloso viaje del desapego [PARTE 5]»

  1. He aprendido mucho en estas 5 ediciones, sobre como gestionar el desapego , soy amiga de mi soledad y nos llevamos bien, pero aun resulta dificil encarar mi proposito en la vida, ya que mis proyectos y gustos eran compartidos con mi ex, nunca deje de hacer lo que me gustaba o hacia feliz, estando en pareja se potencio porque ambos compartiamos los mismos sueños. Viajar en MH al jubilarnos, como lo haciamos en el año .Ahora tengo en mente un sin fin de camimos para seguir sola con mi auto, pero son los mismos que soñabamos juntos. Entonces es muy dificil encararlos sola, porque veo su cara en ellos.
    Y no se como no abandonar mis sueños..

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    • Entiendo lo que estás viviendo, estoy en eso hace 6 años y es un camino largo y difícil, pero no imposible, tengo aún dias difíciles, pero no tán seguido. Espero cada dia sea mejor para ti y para todos los que estamos en una nueva vida.
      Creo que la parte 6 que llega en un día más, nos trae muchas esperanzas. Te abrazo.🌹

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      • Qué hermoso mensaje. ❤️ Y hay algo de lo que dices que me parece especialmente importante: “estamos en una nueva vida”.

        Quizás eso es justamente lo que muchas veces cuesta comprender después de una ruptura: que no se trata solamente de aprender a vivir sin una persona, sino de aprender a vivir una vida que ya no es la que habíamos imaginado.

        Y ahí aparece una pregunta difícil, pero también esperanzadora: ¿qué hacemos con todo aquello que soñábamos, disfrutábamos y proyectábamos cuando todavía estábamos juntos?

        Creo que la respuesta no siempre es abandonarlo.

        A veces tenemos que dejar ir a la persona, pero recuperar aquello que también era nuestro.

        Y quizás de eso se trate una parte importante del camino del desapego: no de construir una vida completamente nueva borrando la anterior, sino de ir descubriendo qué cosas podemos llevar con nosotros y cuáles necesitamos soltar.

        Por eso me alegra que tengas esperanza en la Parte 6. 😊

        Porque justamente vamos a entrar en un tema que tiene mucho que ver con esto: dejar ir.

        Y dejar ir no significa dejar de necesitar, dejar de sentir o abandonar nuestros sueños.

        A veces significa algo mucho más profundo: dejar de perseguir aquello que ya no podemos obtener de esa persona y comenzar a buscar nuevas maneras de vivir aquello que todavía necesitamos sentir.

        Nos encontramos en la Parte 6. 🌹

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    • Qué bonito y profundo lo que compartes. Y creo que lo que acabas de decir abre justamente una puerta hacia lo que viene en la Parte 6.

      Porque a veces, cuando termina una relación, no solamente tenemos que aprender a desapegarnos de una persona. También tenemos que aprender a distinguir qué cosas eran de esa relación y qué cosas, aunque las hayamos soñado juntos, también eran nuestras.

      Y hay algo que me llamó especialmente la atención de lo que dices: “nunca dejé de hacer lo que me gustaba”. Eso es muy importante. No abandonaste tus sueños por estar en pareja. Los compartiste. Y al compartirlos, esos lugares, esos viajes y esos proyectos quedaron llenos de experiencias y recuerdos de ustedes.

      Por eso hoy miras esos caminos y aparece su cara.

      Pero quizás el desafío no sea abandonar esos sueños. Quizás sea permitir, poco a poco, que vuelvan a ser tuyos.

      Tal vez algún día recorras uno de esos caminos y ya no veas solamente la historia que viviste con él, sino también la historia que estás construyendo tú.

      Y para eso hay algo que tendremos que aprender: dejar ir no siempre significa renunciar. A veces significa dejar ir una expectativa, una imagen de futuro, una manera de hacer las cosas… para poder recuperar aquello que también nos pertenecía.

      Quizás ese viaje que soñaron juntos no tiene por qué morir porque la relación terminó.

      Quizás algún día puedas hacerlo de otra manera. Con otro significado. Con otras personas. O incluso sola.

      Y aquí aparece una pregunta que conecta directamente con la próxima parte:

      ¿Qué es lo que realmente necesitas dejar ir… y qué cosas necesitas aprender a recuperar como tuyas?

      Nos vemos en la Parte 6. ❤️

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