¿Por qué sigo con alguien que me hace sufrir?

“Date cuenta.”
“Déjalo.”
“¿Cómo puedes seguir ahí?”
“Eres tonta.”

Muchas personas que están en relaciones que les hacen daño escuchan frases así constantemente.

Las escuchan de amigas, familiares, compañeros de trabajo… y con el tiempo comienzan también a decírselas a sí mismas.

Empiezan a pensar que hay algo malo en ellas.
Que son débiles.
Que tienen un problema.
Que no son capaces de tomar decisiones.

Pero desde una mirada psicológica, especialmente desde el análisis conductual, la situación suele ser mucho más compleja que simplemente “ser tonta”.

De hecho, muchas veces la conducta de quedarse en esa relación tiene muchísimo sentido cuando entendemos qué es lo que la está manteniendo.

Porque la conducta humana no ocurre porque sí.

Toda conducta cumple una función, por eso no es tan fácil «SOLTAR»

No sigues ahí porque seas tonta o tonto

Cuando una persona permanece en una relación que le hace sufrir, normalmente hay procesos emocionales, históricos y contextuales muy profundos sosteniendo esa conducta.

Desde afuera puede parecer simple:

“Si te hace daño, vete.”

Pero desde adentro no se siente así.

Porque muchas veces esa relación también entrega cosas importantes.

Y ahí aparece uno de los conceptos más relevantes desde la psicología conductual: los reforzadores.

Los reforzadores: ¿qué obtienes quedándote?

Un reforzador es aquello que aumenta la probabilidad de que una conducta siga ocurriendo.

Y aunque una relación pueda generar sufrimiento, también puede seguir entregando consecuencias que mantienen el vínculo.

Por ejemplo:

– sentir compañía
– recibir afecto a ratos
– tener intimidad física
– evitar la soledad
– mantener estabilidad económica
– conservar una familia unida
– sentir esperanza
– experimentar alivio momentáneo después de una pelea
– sentir que todavía eres importante para alguien

Muchas veces las personas no permanecen porque estén felices.

Permanecen porque salir de la relación también tiene costos emocionales, sociales y prácticos muy grandes.

Y en ese contexto, quedarse puede transformarse en la opción que produce menos dolor inmediato.

Por eso entender la conducta no significa justificar el sufrimiento.

Significa comprender qué variables están manteniendo a la persona ahí.

La historia de aprendizaje: aprendemos formas de amar

Otro aspecto importante es que nadie llega a una relación desde cero.

Todos aprendemos maneras de vincularnos a lo largo de nuestra vida.

Muchas personas crecieron aprendiendo que el amor se sostiene esforzándose más, complaciendo más o soportando más.

Aprendieron que si hacían suficientes cosas por alguien, eventualmente serían elegidas, cuidadas o amadas.

A veces crecieron en ambientes donde el afecto era inconsistente.

Donde había que “ganarse” el cariño.

Donde el amor aparecía mezclado con distancia, rechazo, abandono o incertidumbre.

Y cuando una persona aprende eso durante años, es completamente entendible que más adelante intente mantener los vínculos aferrándose aún más.

No porque sea débil.

Sino porque su historia le enseñó que así funcionan las relaciones.

Muchas veces el problema no es que la persona “no vea” el daño.

El problema es que aprendió que amar implica tolerarlo.

Las reglas verbales: “el amor no se abandona”

También existen reglas verbales muy poderosas que organizan nuestra conducta.

Frases que absorbimos desde pequeños y que terminan funcionando como mandatos internos:

– “El amor verdadero lucha.”
– “No abandones tan fácil.”
– “Toda relación tiene problemas.”
– “Hay que estar en las buenas y en las malas.”
– “Si lo amas, debes apoyarlo.”
– “Nadie es perfecto.”

Estas reglas no son necesariamente negativas.

El problema aparece cuando una persona sigue aplicándolas incluso en relaciones que están destruyendo su bienestar emocional.

Entonces ocurre algo muy doloroso:

La persona comienza a sentirse culpable por querer irse.

Como si terminar fuera una traición.
Como si poner límites fuera egoísmo.
Como si elegir tranquilidad fuera fracasar.

El contexto también importa

No es lo mismo terminar una relación a los 20 años que a los 50.

No es lo mismo irte cuando tienes independencia económica, apoyo emocional y nuevas oportunidades sociales… que cuando sientes miedo de empezar de nuevo.

El contexto cambia completamente la experiencia.

Muchas personas permanecen porque:

– tienen hijos
– dependen económicamente de la relación
– sienten miedo de quedarse solas
– creen que ya nadie las va a amar
– sienten inseguridad con su cuerpo o su edad
– temen destruir a su familia
– viven aisladas
– sienten que sería muy difícil construir una nueva vida

Y desde afuera todo eso suele invisibilizarse.

La gente solamente ve:
“¿Por qué no se va?”

Pero no ve todo lo que esa persona siente que podría perder.

Cuando el juicio empeora el dolor

Una de las cosas más dañinas que puede ocurrirle a alguien atrapado en una relación dolorosa es sentirse juzgado constantemente.

Porque el juicio no genera claridad.

Genera vergüenza.

Y la vergüenza muchas veces aumenta todavía más la dependencia emocional y el aislamiento.

La persona deja de hablar.
Deja de pedir ayuda.
Se siente defectuosa.
Empieza a pensar que realmente hay algo malo en ella.

Por eso acompañar no es lo mismo que humillar.

Ayudar no es lo mismo que decir:
“¿Cómo no te das cuenta?”

Muchas veces la persona sí se da cuenta.

Lo que ocurre es que no sabe cómo salir de algo que psicológicamente se volvió enorme.

Entonces… ¿cómo se empieza a salir?

Salir de una relación dañina no suele ser solamente una decisión racional.

Muchas veces implica comprender profundamente qué función está cumpliendo esa relación dentro de la vida de la persona.

¿Qué necesidades emocionales está cubriendo?
¿Qué miedos aparecen cuando imagina perderla?
¿Qué aprendizajes la están llevando a mantenerse ahí?
¿Qué condiciones del contexto hacen tan difícil soltar?

Ahí la terapia puede ser fundamental.

No para juzgarte.
No para obligarte a terminar.

Sino para ayudarte a entender por qué te cuesta tanto salir de una relación que también te hace sufrir.

Porque cuando entiendes qué está manteniendo tu conducta, aparece algo muy importante:

La posibilidad de construir nuevas alternativas.

Nuevas formas de sentirte querido.
Acompañado.
Valioso.
Seguro.

Sin tener que seguir viviendo desde el sufrimiento.

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