“No necesito acompañamiento psicológico, necesito otra amante”.
Leí esta frase en un comentario de mis redes sociales, junto a un video donde hablaba de lo difíciles que son las rupturas de los amantes, y me pareció muy interesante analizar lo que muchas veces subyace en este tipo de frases, así que acompáñame porque te vas a sorprender.
Cuando alguien escribe algo así después de una ruptura con una amante, suele generar rechazo inmediato. Parece frivolidad, cinismo o falta total de responsabilidad afectiva. Sin embargo, si nos detenemos un poco —aunque incomode—, el comentario dice mucho más de lo que aparenta.
La incomodidad inicial
La frase molesta porque toca una herida sensible: la idea de que una persona pueda reemplazar a otra como si nada. Pero clínicamente, el foco no está en la moral del acto, sino en la función que esa relación cumplía.
Y aquí viene el primer giro incómodo:
Las personas no repiten conductas porque sean buenas, las repiten porque funcionan.
La amante como conducta funcional y el dolor de la ruptura
La relación con una amante no es solo una transgresión o un acto impulsivo. En la práctica clínica, como ya lo veníamos describiendo, muchas veces es una relación funcional, es decir, una relación que cumple una función psicológica concreta dentro de la vida de una persona.
Esa relación puede haber estado regulando:
- soledad
- vacío
- angustia
- sensación de no ser visto
- desgaste emocional dentro de la relación oficial
También puede haber estado cumpliendo funciones como:
- Regular emociones intensas (angustia, vacío, soledad)
- Aumentar dopamina y sensación de vitalidad
- Confirmar el propio valor y el deseo del otro
- Evitar conflictos, decisiones o duelos pendientes
Cuando esa relación termina, la función que cumplía desaparece, y lo que aparece no es indiferencia, sino dolor.
Hay duelo. Hay desregulación. Hay una caída brusca del alivio que esa relación entregaba.
Una solución comprensible (aunque no sana)
En ese contexto, pensar en otra amante no es necesariamente frivolidad. Es, muchas veces, una respuesta funcional inmediata al sufrimiento.
La lógica interna suele ser simple:
“Esto me aliviaba. Esto me funcionó. Lo perdí. Necesito recuperarlo de alguna forma”.
Desde ese lugar, buscar otra amante tiene sentido. No porque sea una buena solución, sino porque es la única disponible en el repertorio de la persona.
La evidencia más reciente que tiene es clara: así dejó de doler antes.
Repertorio limitado
Cuando una persona no conoce otras formas de regularse, vuelve a la única que le ha funcionado.
No es falta de voluntad. No es terquedad. Es falta de alternativas.
Por eso, mientras la función siga siendo necesaria y no exista otra conducta que la cumpla, lo más probable es que la persona repita el mismo patrón.
La sorpresa incómoda
Aquí aparece la idea clave:
Que algo funcione no significa que sea sano.
La infidelidad puede aliviar, sostener y anestesiar… pero también fragmenta, cronifica el conflicto y deja residuos de culpa, vergüenza y trauma vincular.
Funciona para no sentir. No para sanar.
Entonces, ¿qué hace la terapia?
La terapia no viene a quitar conductas “malas”.
Viene a algo mucho más difícil:
- Entender qué función cumplía esa relación
- Poner en palabras lo que antes solo se actuaba
- Ampliar el repertorio por conductas más sanas que puedan cumplir la misma función
Nadie suelta una conducta que le funciona si no aparece otra que funcione igual o mejor.
Alivio final
Tal vez el problema no es necesitar otra amante. Tal vez el problema es no saber otra forma de regularse, vincularse o sostenerse emocionalmente.
Y eso no se resuelve con más sustituciones. Se trabaja aprendiendo a hacer algo distinto con lo que duele.
Ese es el verdadero vuelco.
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Hugo Huerta Fernández – Psicólogo especializado en rupturas de pareja.
Fundador de corazonroto®
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