Después de una ruptura: No todo se puede explicar

Cuando tenía 20 años, navegaba en el Buque Escuela Esmeralda.

El Buque Escuela Esmeralda es un bergantín-goleta, un majestuoso velero de cuatro palos y 21 velas, construido en 1953 en los astilleros de Cádiz, España. Aunque cuenta con motores, su diseño y espíritu están profundamente ligados a la tradición de la navegación a vela. Navegar en la Esmeralda es una experiencia única que rememora las antiguas travesías oceánicas, donde el viento, el mar y la coordinación de la tripulación determinan el rumbo, ofreciendo una conexión directa con la historia marítima.

La esmeralda es también, el buque escuela de la Armada de Chile, y cada año forma a cientos de marinos en las exigencias de la vida en el mar, por lo que navegar en ella no es solo una experiencia náutica, sino también una vivencia formativa que forja el carácter y fortalece el trabajo en equipo. En ella, el viento y el mar siguen siendo los grandes maestros.

Entre Japón y Canadá nos alcanzó el tifón David: olas de más de 14 metros, vientos de 90 nudos. El barco se sacudía con una furia infernal, las olas golpeaban las cuadernas con tanta fuerza que creíamos que se iba a quebrar. El agua entró. Durante tres horas hicimos todo lo que pudimos para mantenernos a flote.

Después, exhaustos, nos sentamos con un compañero dentro del buque. Ya no había nada más que hacer.
Solo quedaba esperar.
Y escuchar el rugido del mar, como si fuera el último sonido.

Entonces, él me ofreció un cigarro.

Le dije que no. Yo era deportista, disciplinado, no fumaba. Respondí casi por reflejo.

Y él me dijo algo que nunca olvidé:
—Capaz que hoy nos muramos. ¿Qué importa?

Y entonces acepté, y con ello también acepté la muerte; pero al mismo tiempo le perdí el miedo casi instantáneamente.

Acepté fumar ese cigarro, no porque renunciara a mis valores, sino porque entendí algo más profundo: a veces, en medio de la tormenta, lo único que importa es estar juntos.
Y confiar, incluso cuando no sabemos cómo saldremos.

El comandante aplicaba todos sus conocimientos, sus mapas, sus cálculos, sus métodos. Pero nosotros, en ese rincón del buque, solo teníamos el uno al otro y esa extraña calma de haber aceptado que tal vez no había certezas.


Hoy, muchos años después, sigo navegando tormentas.
Pero ahora lo hago en otro mar: el de las emociones humanas.
Acompaño a personas que han perdido el rumbo tras una ruptura, que se sienten arrastradas por el dolor, que no saben si van a resistir.

Y muchas veces me preguntan:
—¿Esto que siento es normal? ¿Cuánto va a durar? ¿Qué puedo hacer para salir de esto?  ¿Por qué alguien te dejaría si te ama?

A veces tengo respuestas. La ciencia me ha dado mapas.
Se lo que ocurre en el cuerpo cuando se rompe un vínculo. Conozco métodos que ayudan a calmar la ansiedad, a reconfigurar creencias, a salir del bucle.

Pero no siempre.
No todo puede explicarse.

A veces, lo más importante no es saber cómo se sale del dolor, sino: no salir solo.
A veces, lo que transforma no es la técnica perfecta, sino una mirada honesta, una presencia firme, una compañía real.

Por eso decidí practicar lo que llamo una psicología con propósito, que en resumen se trata de hacer mi trabajo poniendo mis conocimientos y experiencia al servicio de quien sufre, para que esa persona que consulta cumpla su objetivo: superar una ruptura de pareja.

Un enfoque donde aplico lo que sé con rigor, sí. Pero también donde me permito no saber, no controlar, no forzar.

Porque he aprendido que el dolor humano no siempre entra en un manual.
Y que la sanación muchas veces ocurre en el vínculo, no en la fórmula.


Hoy escribo esto como una especie de confesión.
Como terapeuta, me afirmo en la ciencia, pero también me permito abrir espacio a lo inexplicable.
A lo espiritual.
A lo simbólico.
A lo que ocurre cuando dos seres humanos se sientan, en medio de la tormenta, y simplemente se acompañan.

Tal vez no necesitas que te diga qué hacer.
Tal vez solo necesitas saber que no estás solo.
Y que, aunque no tenga todas las respuestas, me comprometo a caminar contigo, incluso cuando todo parece perder sentido.

Ese es mi propósito.
Esa es mi forma de estar en este mar.

Se, en todo caso, que por diversas razones, no todas las personas que sufren quieren un acompañamiento personal, íntimo, como lo es el de un psicólogo, por eso he construido un lugar que espero sea también tu refugio en la tormenta, y te doy la bienvenida.

Simplemente presiona el botón rojo más abajo.

Estoy aquí para acompañarte.

Hugo Huerta Fernández

Psicólogo y Fundador de corazonroto®

1 comentario en «Después de una ruptura: No todo se puede explicar»

  1. No se si ay alguna fórmula para dejar de Amar y creo que no se puede hacer nada para eso las personas empáticas amamos el problema está hacernos dependientes del Amor romántico que no es lo mismo que Amar

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