Hace unos días vi un video que se volvió viral en la cuenta de instagram @gayatree_cr
Un grupo de mujeres caminando en círculo.
Una instructora que, suavemente, toca el hombro de una de ellas.
Y entonces ocurre algo simple, pero profundo:
La mujer se gira, extiende las manos hacia el frente y dice:
“Déjame en paz.”
El grupo repite. Hace eco. Sostiene.
Para algunos, fue motivo de burla.
Para otros, una escena incómoda.
Para mí, fue otra cosa.
Fue el inicio de algo que muchas personas nunca pudieron hacer.
Cuando decir “no” no está disponible
En terapia lo veo todo el tiempo.
Hombres que siguen cediendo ante exigencias económicas o emocionales, incluso después de una ruptura.
Mujeres que acceden a encuentros, conversaciones o intimidad que no desean.
Personas que dicen “sí”… cuando su cuerpo está gritando “no”.
Y no es falta de carácter.
Es algo más profundo:
– Un sistema nervioso que aprendió que defenderse tiene consecuencias
– Una historia donde poner límites fue castigado o ignorado
– Un cuerpo que, ante la amenaza, se congela o se somete
Ahí, el problema no es “no saber decir que no”.
Es que el permiso interno para decirlo no existe todavía.
“Déjame en paz” como primer acto de recuperación
Decir “déjame en paz” en ese contexto no es una técnica de defensa personal.
Es otra cosa.
Es un acto de reconstrucción.
Cuando una persona:
– Usa su voz
– Activa su cuerpo (manos, postura, mirada)
– Es sostenida por otros (el eco del grupo)
Está creando nuevas asociaciones:
-Poner un límite no es peligroso
-Defenderme es posible
-No estoy solo/a
Eso no se aprende leyendo.
Se aprende viviéndolo en el cuerpo.
El error de mirar esto como una pelea
Las burlas que aparecieron después evaluaban esta escena como si fuera combate real.
Y claro… en una pelea, eso no basta.
Pero ese nunca fue el punto.
Confundir ambos planos es como exigirle a alguien que está aprendiendo a caminar… que corra una maratón.
El puente: del permiso interno a la acción externa
Aquí es donde aparece algo que pocas veces se integra bien.
Porque una cosa es poder decir “déjame en paz”…
y otra es sostener ese límite cuando el otro no lo respeta.
Ahí, el cuerpo necesita más.
Necesita:
– Sentir estabilidad
– Confiar en su capacidad de actuar
– Tener experiencias donde la defensa sí funciona
Y es aquí donde disciplinas como las artes marciales pueden transformarse en algo profundamente terapéutico.
No como promoción de la violencia.
Sino como entrenamiento de la agencia.
Un espacio donde esto se encuentra
Hace un tiempo comencé a entrenar en la academia de Juan Carlos Urbina, en Chung Shin Tang soo do en Viña del Mar, Chile.
Y algo que me llamó profundamente la atención es que ahí no se entrena desde la agresión, sino desde algo mucho más interesante:
– Presencia
– Control
– Regulación
– Confianza en el propio cuerpo
Para alguien que viene trabajando procesos de trauma y límites, esto no es menor.
Es la continuación natural de ese primer
“déjame en paz”.
Pero ahora con un cuerpo que empieza a creérselo.
No se trata de pelear. Se trata de poder elegir.
Al final, la defensa personal no es solo física.
Es poder:
– Decir que no sin culpa
– Retirarte sin justificarte
– Sostener un límite aunque incomode
– Y, si es necesario, proteger tu espacio de manera concreta
Pero todo eso empieza en un lugar mucho más silencioso.
Empieza cuando alguien, por primera vez,
se gira, levanta las manos…
y dice:
“Déjame en paz»