El maravilloso viaje del desapego [PARTE 6]

El momento en que quieres volver a regar el árbol

Sé que estás sufriendo, así que vamos directamente al grano.

Hasta ahora hemos recorrido un largo camino.

Primero nos preguntamos cómo una persona que alguna vez no significaba absolutamente nada para ti llegó a significar tanto.

Después comprendimos que aprendiste a responder emocionalmente a su presencia y también a su ausencia.

Descubrimos que tu cuerpo también aprendió.

Aprendimos que sentir no significa necesariamente actuar.

Y luego llegamos a una pregunta todavía más profunda:

¿Para qué amabas?

Quizás descubriste que no amabas solamente para estar con esa persona.

Amabas para sentirte querido.

Para sentirte escuchado.

Para sentirte acompañado.

Para sentirte importante.

Para sentirte deseado.

Para sentir que alguien te esperaba.

Para sentir que pertenecías a alguien y que alguien pertenecía a ti.

Para sentir seguridad.

Para sentir ilusión.

Para sentir que tu vida tenía un determinado sentido.

Y aquí aparece una idea que puede cambiar completamente la manera en que entiendes tu ruptura:

Quizás no necesitas a esa persona.

Quizás necesitas aquello que aprendiste a sentir cuando estabas con ella.

Y no es lo mismo.


EL HAMBRE

Pensemos por un momento en algo mucho más sencillo.

El hambre.

Tu cuerpo aprende.

Aprende que aproximadamente a determinada hora suele recibir alimento.

Y cuando llega esa hora, puede aparecer hambre.

No necesitas sentarte a analizarla.

No necesitas preguntarte:

«¿Por qué estoy sintiendo hambre?»

Simplemente aparece.

Y cuando aparece, haces algo.

Buscas comida.

Abres el refrigerador.

Vas a la cocina.

Compras algo.

Comes.

Ahora piensa en lo que ocurre después de una ruptura.

Quizás no es hambre lo que sientes.

Pero un determinado día, a una determinada hora, aparece una sensación.

Puede ser un domingo en la tarde.

Puede ser la noche.

Puede ser el momento en que llegabas del trabajo y hablabas con esa persona.

Puede ser su cumpleaños.

Puede ser una canción.

Una fotografía.

Un lugar.

Una fecha.

O simplemente ese instante del día en que acostumbrabas sentirte acompañado.

Y de pronto aparece:

la falta de cariño.

La necesidad de sentirte escuchado.

La necesidad de sentirte querido.

La necesidad de sentirte deseado.

Y entonces haces algo.

Buscas una fotografía.

Revisas una conversación.

Miras sus redes sociales.

Piensas en escribirle.

Abres el teléfono.

Quizás incluso escribes un mensaje y esperas.

¿Por qué?

Porque aprendiste que esa persona era un lugar donde podías encontrar aquello que necesitabas sentir.


LA GALLETA DE SOFI

En la parte anterior te conté la historia de Sofi, la perrita de mi hermana.

Sofi había aprendido que cuando alguien tocaba el timbre debía sentarse.

¿Por qué?

Porque después de sentarse recibía una galleta.

Con el tiempo, Sofi aprendió perfectamente la secuencia.

Sonaba el timbre.

Ella ladraba.

Le decían:

«Sentadita».

Sofi se sentaba.

Y esperaba su galleta.

Ahora imagina que un día la bolsa de galletas se acaba.

Sofi vuelve a sentarse.

Espera.

Pero no recibe nada.

Vuelve a hacerlo.

Nada.

Se acerca al lugar donde estaba la bolsa.

La mira.

Quizás incluso insiste.

¿Por qué?

Porque ha aprendido que sentarse en ese momento y en ese lugar suele tener una consecuencia que para ella es valiosa: recibir una galleta.

Su conducta no ocurre en el vacío.

Está relacionada con lo que históricamente ha ocurrido después de ella.

Y esto es importante para comprender lo que hacemos después de una ruptura.

Quizás no buscamos a esa persona simplemente porque queramos verla.

Quizás buscamos lo que aprendimos a obtener a través de ella.

Miramos una fotografía porque queremos volver a sentirnos amados.

Escribimos un mensaje porque queremos volver a sentirnos escuchados.

Buscamos una conversación antigua porque queremos volver a sentirnos importantes.

Revisamos sus redes porque queremos volver a sentir conexión.

Intentamos provocar un encuentro porque queremos volver a sentirnos deseados.

No siempre estamos buscando a la persona.

A veces estamos buscando aquello que aprendimos a sentir cuando esa persona estaba presente.

Y esta diferencia es fundamental.


EL ÁRBOL QUE PLANTAMOS

En una parte anterior de este viaje te conté la historia del árbol que plantamos con mi hijo.

Lo plantamos con una expectativa.

Esperábamos que creciera.

Esperábamos verlo desarrollarse.

Esperábamos que algún día diera frutos.

Y mientras el árbol estaba vivo, regarlo tenía sentido.

Cada vez que lo regábamos estábamos participando de ese proceso.

Había una expectativa.

Había esperanza.

Había incluso una cierta fe en que aquello que estábamos haciendo contribuiría a que algún día pudiéramos recoger sus frutos.

Pero llegó un momento en que el árbol murió.

Y entonces ocurrió algo que puede resultar muy difícil de aceptar:

La expectativa que teníamos ya no podía cumplirse.

El árbol había muerto.

Podíamos seguir regándolo.

Podíamos seguir esperando.

Podíamos seguir haciendo exactamente lo mismo que hacíamos cuando todavía estaba vivo.

Pero regarlo más no iba a hacerlo volver a vivir.

Y quizás esta sea una de las cosas más difíciles de aceptar después de una ruptura.

No solamente perdemos a una persona.

También podemos perder la expectativa que habíamos construido alrededor de esa persona.

La expectativa de que algún día cambiaría.

La expectativa de que volvería.

La expectativa de que finalmente entendería.

La expectativa de que aquella conversación pendiente ocurriría.

La expectativa de que la relación volvería a ser como antes.

La expectativa de que todo el amor que entregamos finalmente daría frutos.

Y mientras esa expectativa permanece viva, podemos seguir regando.

Una fotografía.

Un mensaje.

Una conversación.

Una visita a sus redes.

Una señal.

Un recuerdo.

Una fantasía.

Una nueva oportunidad.

Seguimos realizando las mismas conductas porque alguna vez esas conductas estuvieron relacionadas con algo que esperábamos obtener.

Pero hay un momento en que necesitamos detenernos y mirar la realidad.

El árbol puede haber muerto.

Y seguir regándolo no significa que todavía esté vivo.

A veces significa solamente que todavía no hemos podido abandonar la expectativa de que vuelva a vivir.

Y aquí aparece una pregunta dolorosa, pero profundamente liberadora:

¿Estoy regando algo que todavía puede dar frutos o estoy intentando mantener viva una expectativa que ya terminó?

Porque desapegarse también implica aprender a distinguir entre esperar algo posible y seguir actuando sobre algo que ya no está ocurriendo.

Y entonces llegamos al verdadero momento del desapego.


EL MOMENTO

Porque todo esto puede resultar muy claro mientras lo lees.

Puedes comprenderlo.

Puedes asentir.

Puedes pensar:

«Sí. Tiene sentido.»

Pero el desapego no se juega solamente cuando comprendes.

Se juega después.

En un momento concreto.

Quizás esta noche.

Quizás mañana.

Quizás en unos días.

Cuando aparezca nuevamente ese instante.

Ese momento en que tu cuerpo diga:

«Necesito sentirme querido.»

Y aparezca inmediatamente el impulso:

«Entonces escríbele.»

O:

«Voy a mirar esa fotografía.»

O:

«Voy a entrar a sus redes.»

O:

«Quizás podría mandarle un mensaje.»

Ahí tienes una pequeña oportunidad.

Una pausa.

Un espacio entre lo que sientes y lo que haces.

Y puedes preguntarte:

¿Qué estoy necesitando sentir en este momento?

Quizás sea cariño.

Quizás compañía.

Quizás sentirte importante.

Quizás sentirte escuchado.

Quizás sentirte deseado.

Quizás simplemente no quieres estar solo.

Entonces puedes reconocerlo.

Sin negarlo.

Sin avergonzarte.

Sin luchar contra ello.

Y después preguntarte:

¿Tengo que obtenerlo precisamente de esa persona?

Porque aquí comienza a cambiar el viaje.

Ya no se trata de:

«¿Cómo hago para dejar de necesitar?»

Sino:

«¿Cómo puedo encontrar aquello que necesito sentir sin volver a perseguir a la persona que alguna vez me ayudó a obtenerlo?»


NO TIENES QUE RENUNCIAR A LO QUE NECESITAS SENTIR

Quizás esta sea la parte más importante.

No estoy diciéndote que renuncies para siempre a aquello que buscabas.

No estoy diciéndote que te convenzas de que ya no necesitas amor.

No estoy diciéndote que dejes de querer sentirte acompañado.

No estoy diciéndote que renuncies a la intimidad, al cariño, al deseo, a sentirte importante para alguien.

Todo eso puede seguir siendo parte de tu vida.

Lo que necesitas abandonar es la idea de que solamente esa persona puede proporcionártelo.

Porque una persona puede haber sido el lugar donde aprendiste a encontrar algo.

Pero eso no significa que sea el único lugar donde exista.

Puedes volver a sentirte querido.

Puedes volver a sentirte escuchado.

Puedes volver a sentir compañía.

Puedes volver a sentir deseo.

Puedes volver a sentir ilusión.

Puedes volver a encontrar intimidad.

Puedes volver a construir un vínculo.

Pero para que eso ocurra, primero tienes que dejar de buscar esos frutos en un árbol que ya no puede dártelos.


HAY UNA DIFERENCIA ENTRE NECESITAR Y PERSEGUIR

Puedes necesitar cariño sin perseguir a quien ya no puede dártelo.

Puedes necesitar ser escuchado sin enviarle un mensaje.

Puedes necesitar sentirte querido sin volver a mirar una fotografía.

Puedes necesitar compañía sin intentar recuperar una relación que terminó.

Puedes querer sentirte deseado sin regresar a un lugar donde ya no existe reciprocidad.

La necesidad puede permanecer.

Lo que cambia es tu respuesta frente a ella.

Y eso es desapego.

No dejar de sentir.

No dejar de necesitar.

No dejar de ser humano.

Sino aprender a responder de una manera diferente.


LAS OLAS

Quizás recuerdes al náufrago del que hablamos.

Cuando estaba en aquella isla, intentó escapar.

No tenía los conocimientos.

No tenía los recursos.

No sabía todavía cómo atravesar las olas.

Y las olas lo devolvieron.

Después aprendió.

Y comprendió que no tenía que esperar a que el mar estuviera tranquilo para intentar salir.

Tenía que aprender a atravesarlo.

Con el desapego ocurre algo parecido.

La ola llega.

Extrañas.

Te duele.

Aparece el impulso.

Quieres mirar.

Quieres escribir.

Quieres saber.

Quieres volver a sentir aquello que sentías.

Pero puedes dejar que la ola llegue sin convertirla automáticamente en una conducta.

Puedes sentirla.

Puedes respirar.

Puedes esperar.

Puedes permitir que pase.

Y entonces descubrir algo que antes quizás no sabías:

No necesitas obedecer cada impulso que aparece en tu cuerpo.

Puedes sentir una necesidad y no perseguir inmediatamente aquello que históricamente la satisfacía.

Y cada vez que haces eso, ocurre algo importante.

Estás aprendiendo.

Estás construyendo una nueva respuesta.


NO TIENES QUE DEJAR DE QUERER

Quizás ahora podemos entender el desapego de una manera diferente.

Desapegarse no significa:

«Ya no necesito nada.»

Tampoco significa:

«Nunca más voy a sentir amor.»

Y mucho menos significa:

«Tengo que dejar de sentir lo que siento.»

Desapegarse significa aprender a vivir con aquello que sientes sin volver necesariamente a la persona que aprendiste a asociar con esa sensación.

Es poder decir:

«Extraño.»

Y no escribir.

«Tengo ganas de verla.»

Y no buscarla.

«Necesito cariño.»

Y buscar nuevas maneras de recibirlo.

«Quiero sentirme querido.»

Y recordar que mi capacidad de sentirme querido no murió junto con esa relación.

Porque la persona puede haberse ido.

Pero la capacidad de sentir no se fue con ella.


DOS PREGUNTAS

Y ahora quiero dejarte dos preguntas.

No tienes que responderlas rápidamente.

Quizás ni siquiera hoy.

Solo quiero que las lleves contigo.

La próxima vez que aparezca ese momento.

La próxima vez que sientas esa necesidad.

La próxima vez que quieras abrir la fotografía.

La próxima vez que quieras escribir el mensaje.

La próxima vez que quieras volver a regar ese árbol.

Detente un momento.

Y pregúntate:

¿Puedo vivir sin eso?

Y si aquello que necesitas sentir sigue siendo importante para ti, pregúntate:

¿Puedo encontrarlo sin perseguir a esa persona?

No busques una respuesta perfecta.

Solo comienza a hacerte la pregunta.

Porque quizás el desapego no comienza cuando dejas de querer.

Quizás comienza cuando descubres que puedes querer algo sin tener que perseguir a quien alguna vez te ayudó a conseguirlo.

Y cuando descubres que puedes vivir sin esa persona, pero no tienes que renunciar a ti mismo ni a aquello que necesitas sentir…

entonces aparece una pregunta nueva.

Una pregunta que nos llevará a la siguiente parte de este viaje:

Si puedo vivir sin esa persona… ¿cómo quiero vivir conmigo?

CONTINUAMOS EN LA PARTE 6…

© Hugo Huerta Fernández — El maravilloso viaje del desapego. Todos los derechos reservados.

4 comentarios en «El maravilloso viaje del desapego [PARTE 6]»

  1. Supiera lo importante que ha sido para mi esta guía…supiera lo mucho que me ha ayudado…Estoy mirando desde otro punto de vista lo que estoy pasando y estoy aprendiendo a comprender lo que siento y porqué lo siento… me ha hecho pensar, a mirar un poco desde afuera como era mi relación y me siento mucho más aliviada… de verdad muchas gracias que suerte haberlo encontrado…

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  2. Supiera lo importante que ha sido para mi esta guía…supiera lo mucho que me ha ayudado…Estoy mirando desde otro punto de vista lo que estoy pasando y estoy aprendiendo a comprender lo que siento y porqué lo siento… me a hecho pensar, a mirar un poco desde afuera como era mi relación y me siento mucho más aliviada… de verdad muchas gracias que suerte haberlo encontrado…

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  3. Que hermoso texto Hugo, cómo se nota tú experiencia. Al leer entiendo que todo lo que vivo no me sucede sólo a mí, sí lo escribes tan detalladamente es porqué has escuchado a muchos que han pasado por ésto.
    Gracias por darme las herramientas para encontrar la salida, gracias por la empatía y por darte tiempo de leer las respuestas. Espero con mucho optimismo lo que sigue 🌹

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    • Muchas gracias por tus palabras. Para mí también es muy bonito poder aportar, desde la psicología, una mirada y un conocimiento que muchas veces quedan fuera de la creación de contenido.

      Hay mucho contenido sobre rupturas que intenta modificar directamente lo que hacemos: “no le escribas”, “no lo llames”, “no pienses en él”, “haz contacto cero”. Y aunque algunas de esas indicaciones pueden ser útiles, muchas veces nos olvidamos de algo fundamental: detrás de cada conducta hay una persona que está experimentando, aprendiendo, interpretando y respondiendo desde toda una historia.

      Por eso, en esta serie intento hacer algo un poco diferente: antes de decirte simplemente qué hacer, ayudarte a comprender qué te está pasando y para qué estás haciendo lo que haces. Porque cuando una persona comienza a entenderse, el cambio de conducta puede dejar de ser una imposición y convertirse en una consecuencia de ese aprendizaje.

      Quizás por eso muchas de las cosas que escribo te resultan tan cercanas. Detrás hay muchos años escuchando historias de personas que han pasado por rupturas y tratando de comprender, desde la psicología, qué hay detrás de aquello que vemos.

      Gracias a ti por leer, por comentar y por confiar en este espacio.

      Y seguimos… porque todavía queda bastante camino en este maravilloso viaje del desapego. 🌹

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