Actualmente, en la televisión chilena, se está emitiendo nuevamente un reality llamado “¿Volverías con tu ex?”, un programa donde reúnen a exparejas y las exponen a distintas dinámicas emocionales frente a cámaras. En una de esas dinámicas aparece una figura muy conocida en Chile: Carmen Gloria Arroyo, abogada y conductora de televisión reconocida precisamente por su rol asociado a resolver conflictos y emitir juicios en televisión.
Y creo que eso es importante entenderlo para quienes leen esto desde otros países: no se trata solamente de una participante más del programa. En Chile, Carmen Gloria representa simbólicamente una figura de autoridad, alguien vinculada a la idea de justicia, resolución y verdad. Por eso el momento tiene tanta potencia emocional.
La dinámica funciona así:
la expareja se sienta frente a frente, se escucha brevemente la historia de la relación y, después de unos minutos, Carmen Gloria golpea la mesa y declara:
“el culpable fue él”.
O:
“la culpable fue ella”.
Y listo.
Veredicto emitido.
Mientras veía eso pensé algo:
qué fuerte es convertir una relación humana en un juicio tan simple.
El problema de transformar una ruptura en un juicio
Claro, uno podría decir:
“es solo televisión”.
“es un reality”.
“es un juego”.
Y sí, probablemente para muchas personas que participan lo sea en cierta medida.
Pero las emociones que aparecen ahí no son un juego.
La vergüenza no es un juego.
La humillación pública no es un juego.
El abandono no es un juego.
Y las narrativas que se instalan sobre una persona muchas veces permanecen durante años.
Porque existe una diferencia enorme entre decir:
“cometiste errores”.
Y decir:
“tú eres el culpable”.
Cuando una figura de autoridad realiza públicamente ese juicio, muchas personas pueden quedar atrapadas emocionalmente en esa identidad.
Ya no sienten solamente que hicieron algo mal.
Empiezan a sentir:
“yo soy el problema”.
Y eso puede ser profundamente dañino.
¿Realmente se puede determinar un culpable en cinco minutos?
Hay otra cosa que me hace ruido de este tipo de dinámicas:
la idea de que una relación puede comprenderse en unos pocos minutos.
Como si las relaciones humanas fueran simples.
Como si bastara escuchar dos versiones rápidas para determinar quién destruyó el vínculo.
Pero las relaciones humanas rara vez funcionan así.
Sí, por supuesto que existe responsabilidad individual.
Hay personas que mienten.
Que engañan.
Que abandonan.
Que manipulan.
Que dañan.
Y eso tiene consecuencias reales.
Pero incluso en esos casos, las conductas humanas no aparecen en el vacío.
Las relaciones ocurren dentro de contextos
Desde una mirada psicológica y conductual, las relaciones suelen deteriorarse dentro de sistemas mucho más complejos de lo que normalmente imaginamos.
Detrás de muchas rupturas existen historias de apego, aprendizajes familiares, necesidades emocionales no expresadas, miedo al abandono, dificultades para regular emociones, carencias afectivas, estrés, soledad, experiencias traumáticas, resentimientos acumulados y patrones relacionales que se van reforzando con el tiempo.
Muchas veces también influyen variables contextuales:
problemas económicos,
agotamiento laboral,
crianza,
distancia emocional,
aislamiento,
problemas de salud mental,
o simplemente años de dinámicas que nunca lograron resolverse de manera sana.
Entonces, una ruptura normalmente no ocurre por un único momento aislado ni por un único culpable absoluto.
Suele ser el resultado de múltiples contingencias que interactúan entre sí durante mucho tiempo.
Y comprender eso no significa eliminar la responsabilidad individual.
Los juicios también están llenos de subjetividad
Hay otro elemento importante en este tipo de dinámicas y que muchas veces pasa desapercibido:
los juicios no son completamente objetivos.
Porque cuando alguien determina “quién fue el culpable” de una relación, también está interpretando la situación desde sus propios valores, experiencias, creencias y definiciones personales sobre cómo debería comportarse una pareja.
Y eso quedó muy claro en una parte de esta dinámica cuando uno de los participantes dijo algo así como:
“si yo hubiera tenido más herramientas emocionales…”
Y la respuesta fue:
“tú lo llamas falta de herramientas emocionales, pero yo le llamo machismo exacerbado”.
Y ojo, porque aquí no estoy diciendo que una interpretación sea necesariamente falsa y la otra verdadera.
Lo interesante es observar cómo, en segundos, una experiencia humana compleja es traducida a categorías distintas según quien la interpreta.
Uno lo entiende como falta de regulación emocional.
Otra persona lo entiende como machismo.
Otra podría verlo como inmadurez afectiva.
Otra como evitación emocional.
Otra como trauma.
Otra como egoísmo.
Y ahí aparece algo muy importante:
muchas veces creemos que estamos escuchando “la verdad objetiva” sobre una relación, cuando en realidad también estamos viendo subjetividades cruzándose.
Porque incluso los expertos interpretan desde marcos personales, culturales, morales y psicológicos.
Y eso vuelve todavía más delicado emitir veredictos absolutos sobre relaciones humanas en pocos minutos.
Porque las palabras que usamos para describir una conducta no son neutrales.
Tienen peso.
Tienen carga emocional.
Y pueden modificar profundamente cómo una persona se percibe a sí misma después de una ruptura.
Comprender no es justificar
Este punto es importante.
Porque cuando hablamos de contexto, contingencias o historia emocional, algunas personas interpretan erróneamente que entonces “nadie es responsable de nada”.
Pero comprender una conducta no es lo mismo que justificarla.
Que una persona haya actuado desde sus heridas, su miedo o sus aprendizajes no elimina el impacto que sus conductas pueden tener sobre otros.
La responsabilidad individual sigue existiendo.
La diferencia es que una mirada más profunda permite entender cómo se construyen ciertas dinámicas, en lugar de reducir toda la historia a un juicio simplificado.
Por qué buscamos culpables
Creo que también existe una razón psicológica muy humana detrás de esto:
las personas toleramos mejor el dolor cuando podemos organizarlo.
Y encontrar un culpable organiza el caos emocional.
Decir:
“el malo fue él”.
“la mala fue ella”.
Da una sensación momentánea de claridad.
El problema es que las relaciones humanas casi nunca son tan simples como para reducirlas a una sola etiqueta.
Y muchas personas quedan atrapadas justamente ahí:
sintiéndose condenadas,
juzgadas,
o reducidas para siempre a una única versión de la historia.
Cuando en realidad, al abrir la conversación, aparecen muchas más variables de las que inicialmente parecían existir.
La diferencia entre juzgar y sanar
Creo que este ejemplo del reality muestra muy bien la diferencia entre un juicio y una terapia.
O entre juzgar y sanar.
Porque el juicio busca un culpable.
La terapia busca comprender.
El juicio condena.
La terapia explora.
El juicio simplifica la historia.
La terapia la complejiza.
Y muchas veces, sanar empieza justamente cuando una persona deja de preguntarse únicamente:
“¿quién tuvo la culpa?”
Y comienza a preguntarse:
“¿qué pasó aquí?”
“¿qué necesidades había?”
“¿qué heridas estaban operando?”
“¿qué dinámicas se instalaron entre nosotros?”
“¿qué aprendí de esta relación?”
“¿qué necesito trabajar para no repetir este sufrimiento?”
Cuando la culpa se transforma en sufrimiento
Muchas personas que atraviesan una ruptura quedan profundamente atrapadas en la culpa.
Algunas sienten que destruyeron la relación.
Otras sienten que fueron completamente destruidas por el otro.
Y muchas veces ambas personas quedan atrapadas en versiones parciales de una historia mucho más compleja.
Por eso, después de una ruptura, buscar únicamente culpables rara vez ayuda a sanar.
Lo que suele ayudar más es comprender.
Comprender el vínculo.
Comprender las dinámicas.
Comprender las heridas.
Comprender las necesidades emocionales que estaban en juego.
Y, sobre todo, comprenderse a uno mismo.
Buscar ayuda también es una forma de sanar
Si estás atravesando una ruptura, si te sientes atrapado en la culpa o si no logras entender por qué tu relación terminó de la manera en que terminó, probablemente lo más importante no sea encontrar un veredicto.
Probablemente lo más importante sea encontrar un espacio seguro donde puedas comprender lo que viviste sin reducir toda tu historia a una etiqueta.
La terapia psicológica puede ayudarte justamente en eso:
a entender las dinámicas de la relación,
a procesar el dolor,
a trabajar tus heridas emocionales,
a desarrollar herramientas de regulación emocional,
y a reconstruirte sin quedar atrapado en la idea de ser “el culpable” o “la víctima absoluta”.
Porque las relaciones humanas son mucho más complejas que un juicio emitido en cinco minutos.