En terapia es muy común escuchar frases como:
“Soy infiel”
“Siempre he sido mentiroso”
“Esto es parte de mi personalidad”
Sin embargo, cuando se observan estas conductas desde un enfoque conductual y clínico, aparece una comprensión distinta:
La infidelidad y la mentira no son rasgos de personalidad.
Son conductas operantes, es decir, comportamientos que se aprenden, se mantienen y se repiten por las consecuencias que producen.
No describen quién es una persona.
Describen qué conductas ha aprendido a usar porque le han dado resultados.
Las conductas se mantienen porque funcionan
Desde un enfoque conductual, ninguna conducta se repite si no cumple alguna función.
La infidelidad se mantiene porque produce consecuencias valiosas para quien la ejecuta, al menos en el corto plazo.
En la práctica clínica es frecuente observar que las personas que sostienen relaciones paralelas no lo hacen por impulsividad ni por falta de valores, sino porque han aprendido que esa conducta les permite acceder a ciertas experiencias que consideran difíciles o imposibles de obtener de otra forma.
Entre esas consecuencias suelen aparecer:
- Sentirse deseados
- Sentir novedad
- Experimentar intensidad emocional
- Vivir una sensación de vitalidad
- Evitar el aburrimiento o el vacío
- Obtener validación sin perder la relación principal
La mentira cumple aquí una función instrumental:
permite sostener la conducta sin enfrentar consecuencias inmediatas.
Mientras el resultado sea positivo, la conducta se refuerza.
“Si no miento, no puedo tener esta experiencia”
Con el tiempo, muchas personas desarrollan una regla implícita que guía su conducta:
“La única forma de vivir esta experiencia es mintiendo y teniendo relaciones paralelas.”
Esta regla no surge de una reflexión profunda, sino del aprendizaje repetido:
- Se miente y no ocurre nada grave
- Se es infiel y se obtiene placer, alivio o satisfacción
- La relación principal se mantiene
Desde el punto de vista conductual, el aprendizaje es claro:
esta conducta funciona.
No porque sea la única posible, sino porque es la única que la persona ha puesto en práctica con éxito hasta ahora.
El quiebre: cuando la conducta empieza a tener más costos que beneficios
La mayoría de las personas no llega a terapia cuando la conducta deja de producir beneficios, sino cuando el costo acumulado se vuelve demasiado alto.
Aparecen entonces consecuencias que antes no estaban tan presentes:
- Cansancio
- Tensión constante
- Dificultad para sostener versiones
- Conflictos internos
- Miedo a ser descubierto
- Sensación de vivir fragmentado
La conducta sigue siendo funcional en algunos aspectos, pero ya no es sostenible.
Ese es el punto en que el trabajo terapéutico se vuelve posible.
Cambiar no es prometer fidelidad
Es analizar el patrón y construir alternativas
En terapia, el cambio no se aborda desde promesas ni desde mandatos morales.
De hecho, una de las intervenciones que suelo hacer no es pedir decisiones inmediatas, sino plantear preguntas que la persona se lleva y que vamos trabajando durante semanas.
Preguntas como:
¿De qué experiencias, placeres o deseos podrías prescindir para vivir una vida más ordenada y coherente?
¿De qué otra forma podrías obtener aquello que hoy consigues mediante la infidelidad y la mentira?
Estas preguntas no buscan respuestas rápidas.
Funcionan como herramientas de análisis.
A lo largo de las sesiones, la persona empieza a observar su propio patrón:
- Cuándo aparece la conducta
- Qué la antecede
- Qué consecuencias obtiene
- Qué costos está pagando
Y, progresivamente, comienza a notar algo clave:
la conducta no es inevitable.
Es una opción que se ha repetido porque ha sido eficaz,
pero no es la única posible.
Cuando aparece una alternativa, el patrón empieza a cambiar
El cambio ocurre cuando la persona logra construir formas alternativas de obtener resultados similares, sin recurrir a la mentira ni a la duplicación de relaciones.
A veces esto implica:
- Modificar acuerdos relacionales
- Tolerar frustración
- Renunciar a ciertas experiencias
- Asumir conversaciones difíciles
- Aceptar límites reales
- Reconocer deseos que no pueden ser actuados
Nada de esto es inmediato.
Es un proceso que se observa, se analiza y se ajusta sesión a sesión.
Pero cuando la persona empieza a obtener consecuencias valiosas mediante otras conductas, la conducta anterior pierde fuerza.
No porque esté prohibida,
sino porque ya no es la única que funciona.
La infidelidad no define a la persona
Define un patrón que puede modificarse
Desde esta perspectiva, la infidelidad deja de ser una etiqueta identitaria y pasa a ser un patrón conductual aprendible y modificable.
El trabajo terapéutico no consiste en juzgar ese patrón, sino en entender su función, analizar sus consecuencias y ampliar el repertorio conductual de la persona.
Cuando eso ocurre, el cambio no se sostiene por culpa ni por miedo,
sino porque la persona ha aprendido formas más coherentes y menos costosas de vivir su vida.
Ahí es cuando el patrón empieza, verdaderamente, a transformarse.
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Hugo Huerta Fernández – Psicólogo especializado en rupturas de pareja.
Fundador de corazonroto®
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