No es raro. De hecho, es más común de lo que pensamos.
Después de una ruptura, muchas personas siguen buscando a quien las dejó.
Y no se trata simplemente de “no superar” a alguien, ni de “no tener amor propio” como suele decirse con demasiada facilidad en redes sociales.
Lo que ocurre muchas veces tiene que ver con algo más profundo y humano: seguimos buscando aquello que, alguna vez, nos hizo sentir bien.
Sí, incluso si hoy ya no está.
Incluso si duele.
El corazón a veces camina más lento que la cabeza
A veces uno ya lo sabe.
Sabes que esa persona ya no está.
Que no te busca.
Que te bloqueó.
Que ha dicho con acciones —y quizá con palabras— que ya no quiere estar contigo.
Y sin embargo, una parte de ti insiste. Se queda esperando. Se queda mirando hacia atrás.
Te dices que no vas a volver a escribirle. Pero luego pasa algo y ahí estás otra vez, revisando si vio tus historias, si subió algo, si hay alguna pista de que todavía le importas.
¿Por qué nos pasa esto?
Una forma de comprenderlo tiene que ver con cómo aprendemos a relacionarnos con lo que nos genera bienestar o alivio.
Desde la psicología conductual, decimos que las conductas que se ven seguidas de algo placentero tienden a repetirse.
Esto se llama refuerzo positivo.
Cuando alguien nos hace sentir vistos, queridos, acompañados, eso se siente bien.
Y eso que se siente bien, el cuerpo y la mente lo registran. Aprendemos que estar con esa persona alivia. Que recibir su atención, su afecto, su presencia… calma.
Y cuando algo calma el dolor, también aprendemos a repetirlo.
Esto se llama refuerzo negativo: cuando una conducta nos permite dejar de sentir algo desagradable, también tendemos a repetirla. Es un aprendizaje muy natural.
Entonces, si estar con esa persona nos hacía sentir menos solos, menos vacíos, menos tristes…
buscarla se convirtió en una forma de calmar el dolor.
Aunque hoy esa persona ya no esté disponible.
Aunque hoy ya no nos devuelva lo que buscamos.
Como un perrito callejero
Esto se parece mucho a lo que pasa cuando un perrito callejero recibe comida en la calle.
Un día, alguien le da algo de comer. El perrito está flaco, triste, con frío. Tiene hambre. Hambre física, pero también hambre de afecto, de seguridad, de amabilidad.
Y esa pequeña muestra de cariño queda grabada en él.
Desde ese momento, el perrito sigue a esa persona. La busca. No por capricho. No por tonto.
La busca porque aprendió que en esa presencia hay algo que calma.
Aunque luego lo echen.
Aunque lo empujen.
Aunque ya no haya comida.
Ese perrito vuelve.
Porque volver es la única forma que conoce para intentar volver a sentirse bien.
A veces, nosotros somos como ese perrito.
Hambrientos de afecto.
De palabras que calmen.
De miradas que abracen.
Y si alguien, en algún momento, nos dio eso —aunque hoy ya no lo haga—, nos cuesta mucho soltar.
Porque dentro de nosotros hay una parte que aprendió que ahí está el alivio.
Y va a seguir volviendo. Incluso si eso ya no existe.
Incluso si hoy solo queda rechazo, silencio o dolor.
Entender no es justificar, pero sí puede aliviar
No se trata de justificar que sigas buscando a quien ya te ha mostrado que no quiere estar.
Tampoco se trata de condenarte por hacerlo.
Se trata de entender por qué pasa, para que puedas empezar a tomar decisiones diferentes.
Porque cuando entiendes cómo funciona ese aprendizaje, puedes empezar a hacer algo que es fundamental: interrumpir el ciclo.
Si cada vez que vuelves recibes una nueva dosis de dolor, la conducta debería extinguirse.
Pero muchas veces no es tan simple.
A veces, ese mismo rechazo se vuelve un refuerzo de otra cosa: de una creencia interna, de una herida más antigua, de una narrativa de “yo no soy suficiente” que se activa una y otra vez.
Por eso, salir de ahí no es solo “dejar de buscar”.
Es enseñarle a tu cuerpo, a tu historia, a tu mente, que hay otras formas de sentir alivio.
Y sobre todo, que hay otros lugares —más sanos, más estables, más disponibles— donde se puede experimentar el amor.
Dejar de buscar donde ya no hay
A veces, el acto más amoroso que puedes hacer por ti mismo es dejar de golpear puertas cerradas.
No porque ya no duela.
Sino porque seguir haciéndolo mantiene vivo un sufrimiento que no tiene salida.
Y ahí aparece otra posibilidad: empezar a mirar hacia otros lados.
A reconocer que existen otras formas de recibir afecto.
De tu familia, de tus amigos, de nuevas personas, de espacios terapéuticos.
Y también de ti.
Comenzar a practicar la autocompasión no es un cliché. Es una nueva forma de enseñanza interna.
Es empezar a reforzar otras conductas: pedir ayuda, poner límites, descansar, escribir, llorar, soltar, dejarse acompañar.
Así, poco a poco, se le enseña al corazón que no todo el amor está en esa persona que ya no está.
Que hay otras fuentes de cariño, de contención y de paz.
Y como todo aprendizaje, toma tiempo.
Pero es posible.
Y vale la pena.
Y tú: ¿Has sido ese perrito que persigue a quien alguna vez le dio de comer aunque ahora lo corran a patadas?
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Hugo Huerta Fernández
Psicólogo y Fundador de corazonroto®
¡Qué buena analogía! Con la contundencia necesaria para ya mirar hacia otro lado. Gracias.
muy cierto lo que esplicar es bueno que aya ayuda por esta parte por salir y soltar gracias