Este es un relato sobre uno de mis pacientes más desafiantes, de esos que llegan a cuestionarte incluso las metáforas y analogías que llevas años usando. Un día, mientras hablábamos de su ruptura, me dijo que no le gustaba la palabra “proceso” para referirse a las experiencias humanas. Según él, los procesos son algo técnico, ordenado, casi maquinal, y la vida dista mucho de ser así.
Era un hombre de pensamiento riguroso, con una mirada crítica hacia todo lo que no pudiera explicarse con precisión. Sin embargo, en esa misma resistencia, se escondía una paradoja fascinante: mientras rechazaba la idea de estar en un “proceso”, pasaba horas relatándome, con gran detalle, fragmentos de su historia, tratando de darles sentido. Era como si estuviera armando un rompecabezas mental, pieza por pieza, para construir algo coherente de un pasado que todavía dolía.
En sus sesiones, hablaba mucho de su relación, su ruptura, sus errores, sus aprendizajes, y mientras lo hacía, algo comenzaba a tomar forma. Sin darse cuenta, ese ejercicio de contar y recortar su historia una y otra vez, de buscar lo que faltaba o sobraba, era precisamente un “proceso”, aunque él no lo llamaría así. Tal vez no era un proceso técnico, como los que él entendía, pero sí algo profundamente humano: el esfuerzo por armar una narrativa que le permitiera integrar lo vivido y seguir adelante.
El arte de reconstruir
Una de las sesiones más memorables fue cuando, al escuchar su frustración por la complejidad de sus emociones, pensé para mí mismo: «Se ve como si tuviera una paleta llena de colores después de que alguien derramó toda la pintura. No sé qué hacer con esto». Esa imagen se quedó conmigo. Era una metáfora perfecta de lo que muchas veces significa pasar por una ruptura: no es solo el dolor del momento, sino la sensación de que todo lo que tenías ordenado se ha mezclado y perdido forma.
Sin embargo, le dije, cuando una pintura se derrama, también surge la posibilidad de crear algo nuevo. No es fácil ni inmediato, pero con el tiempo, las manchas caóticas pueden convertirse en un cuadro único, que nunca antes existió. Y él, en su resistencia a los conceptos técnicos, estaba haciendo exactamente eso: tomando su caos y transformándolo en una nueva narrativa.
Realmente este paciente abrió mi propia perspectiva
Me identifico con su resistencia a la analogía del proceso como algo lineal y ordenado, porque cuando hablamos de lo que hacemos con las experiencias de la vida, es en realidad algo distinto que ni siquiera sé cómo se llama. Es tomar todo el caos, darle un sentido y poner todo en una historia que, aun terminada, podemos volver a cambiar hasta que nos deje tranquilos para continuar con nuestras vidas.
Pensando en esto, creé un término para describirlo: Vitapoiesis. Es una palabra que combina vita (vida, en latín) y poiesis (creación, en griego), y simboliza ese acto único y profundamente humano de transformar el caos emocional y existencial en algo nuevo. Mientras que autopoiesis describe la auto-creación de un sistema biológico que se auto-regula para mantenerse vivo, Vitapoiesis se refiere a cómo las personas, a través de su capacidad narrativa y emocional, crean sus vidas a partir de la amalgama de experiencias que les llegan.
El concepto de autopoiesis fue desarrollado por los biólogos Humberto Maturana y Francisco Varela, quienes mostraron cómo los sistemas vivos son capaces de producir y mantener su propia organización interna sin depender de fuerzas externas. En este sentido, autopoiesis describe la capacidad de los seres vivos para mantenerse a sí mismos en equilibrio, renovándose constantemente para garantizar su estabilidad y continuidad. Pero esa auto-organización biológica, que Maturana y Varela nos ayudaron a entender, solo puede ser vista en el contexto de la vida misma, un proceso continuo e infinito.
Sin embargo, lo que nos lleva de la autopoiesis a la Vitapoiesis es el reconocimiento de que, en la dimensión humana, nuestra capacidad para auto-crearnos no solo responde a la biología, sino también a nuestra experiencia emocional, narrativa y existencial. No se trata solo de sobrevivir, sino de crear significado y dar forma a lo que vivimos, especialmente cuando nos enfrentamos a situaciones desafiantes, como una ruptura.
La Vitapoiesis no es un proceso técnico ni lineal, sino un acto creativo continuo. Es la capacidad de transformar lo que parece caótico, confuso o incluso destructivo en una narrativa que nos permita entender lo que hemos vivido, encontrarle sentido y seguir adelante. Este proceso de creación de vida no tiene un final definitivo, pues siempre estamos reescribiendo nuestras historias, adaptándolas a medida que nos enfrentamos a nuevas experiencias. Es una creación dinámica y viva, abierta al cambio y la reconfiguración.
Así que, como él, todos estamos en una constante Vitapoiesis, tomando lo que la vida derrama, y desde ahí, recreándonos una y otra vez. A través de este acto creativo, la ruptura no es solo un final; es una oportunidad para redibujar nuestra historia, un paso hacia la reinvención personal. Y lo que al principio parecía un caos emocional, con el tiempo puede convertirse en una nueva obra de arte que nos defina de manera más auténtica y completa.
De la experiencia al significado
Ese hombre, que cuestionaba la idea de los procesos, estaba protagonizando una Vitapoiesis sin darse cuenta. Cada sesión, cada recuerdo que narraba, era como una pincelada en su lienzo personal. Su ruptura, que al principio parecía solo un input caótico, se estaba convirtiendo en un output: la historia completa de su relación y su separación, no para enterrarla, sino para comprenderla.
Al final, su historia no era definitiva, porque las historias humanas nunca lo son. Pero había llegado a un punto donde la narrativa le daba paz suficiente para avanzar. Y quizás, como él, todos estamos en una constante Vitapoiesis, tomando lo que la vida derrama, y desde ahí, recreándonos una y otra vez.
Finalmente, si tú estás pasando por una ruptura: ¿cuál es la vida que vas a crear a partir de los colores derramados?
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