El amor que recibes es la base del amor propio, ¿Cómo?

Hoy en día, se habla mucho sobre el amor propio como si fuera un concepto aislado, centrado exclusivamente en el individuo. Frases como «no necesitas a nadie para ser feliz» o «esa persona tiene poco amor propio» se han convertido en parte de nuestra narrativa social. Sin embargo, desde la neurociencia del apego y la psicología, sabemos que el amor propio no es algo que surge de manera autónoma, sino que se fundamenta en la calidez y seguridad que recibimos de los demás, especialmente en las primeras etapas de la vida.
 
¿A qué se debe esto? La respuesta radica en la forma en que nuestro cerebro está diseñado para construir nuestro sentido de valía a través de las relaciones que formamos. El amor propio, entonces, es una construcción social y neurobiológica, más que una capacidad puramente individual.
 

La neurobiología del apego: El cerebro que necesita amor

 
La teoría del apego, desarrollada por el psicólogo John Bowlby, nos ofrece el marco para comprender cómo las primeras relaciones afectivas influyen en nuestro desarrollo emocional. Desde el punto de vista de la neurociencia, esas relaciones son cruciales para el desarrollo del cerebro y, por ende, para la formación de nuestro sentimiento de autoestima.
 
El cerebro humano, especialmente en la infancia, está en constante desarrollo y es increíblemente plástico: cambia, adapta y forma nuevas conexiones neuronales en función de las experiencias que vivimos. El sistema nervioso y cerebral está diseñado para aprender a través de la relación, y es por ello que nuestras interacciones tempranas con figuras clave, como los cuidadores, moldean nuestra capacidad para sentirnos seguros, valiosos y amados.
 

El sistema de apego en el cerebro: oxitocina, dopamina y serotonina

 
Cuando estamos en contacto cercano con una figura de apego segura, nuestro cerebro libera neurotransmisores esenciales para la regulación emocional, como la oxitocina, la dopamina y la serotonina. Estos neurotransmisores están directamente relacionados con los sentimientos de placer, seguridad y conexión emocional:
 
Oxitocina: A menudo llamada la «hormona del amor», la oxitocina se libera durante el contacto físico, como abrazos, caricias o incluso conversaciones cercanas. Está relacionada con el sentimiento de confianza y seguridad emocional. La oxitocina reduce los niveles de estrés y promueve la sensación de que somos dignos de amor.
 
Dopamina: Este neurotransmisor está relacionado con el sistema de recompensa en el cerebro. La dopamina nos hace sentir motivados y plenos cuando recibimos atención, afecto o validación, lo que fomenta una sensación de autovalía.
 
Serotonina: Es clave para regular el estado de ánimo. La serotonina está vinculada a un sentimiento de bienestar general y estabilidad emocional. La interacción social positiva, especialmente cuando nos sentimos comprendidos y aceptados, promueve la liberación de serotonina, lo que mejora nuestra autoestima y contribuye a la sensación de equilibrio emocional.
 
 
Estas interacciones afectivas no solo nos calman, sino que refuerzan las conexiones neuronales que nos permiten desarrollar un sentido de autoestima estable. De hecho, cuando las personas experimentan un entorno afectivo positivo, sus cerebros pueden reestructurarse de tal manera que facilitan la regulación emocional saludable y una mejor relación consigo mismos.
 

El amor propio desde una perspectiva neurocientífica: El impacto de las relaciones tempranas

 
Como seres sociales, necesitamos que otros nos validen y nos brinden amor para sentirnos valiosos. Esto es algo que está profundamente inscrito en nuestro circuito cerebral. Desde el nacimiento, el cerebro humano está configurado para responder a las experiencias de apego. Las experiencias de cuidado, amor y validación que recibimos en nuestra infancia, a través de nuestras figuras de apego, son las que programan nuestro cerebro para sentirnos dignos de amor, primero de los demás y, eventualmente, de nosotros mismos.
 
Es en esos primeros momentos de interacción afectiva donde se forjan las bases del amor propio. Si, por ejemplo, un niño crece en un ambiente donde recibe cuidado constante, atención y afecto genuino, el cerebro de esa persona desarrollará un modelo de apego seguro, lo que permitirá que esa persona sienta que es valiosa y digna de amor.
 
Por otro lado, experiencias de rechazo, negligencia o trauma afectivo en la infancia pueden llevar a una disfunción en esos circuitos cerebrales. Las personas que han experimentado apego inseguro o traumático pueden tener dificultades para sentirse dignas de amor, lo que afecta profundamente su sentimiento de valía.
 

¿Cómo lograr tener más amor propio?

 
Si el amor propio se basa en la calidad de nuestras interacciones y experiencias afectivas, vas a necesitar rodearte de personas que te brinden la experiencia de sentirte amado o amada.
 
La búsqueda de un grupo de apoyo emocional en amigos, compañeros de trabajo, familiares o en diversos espacios de socialización cobra especial relevancia al término de una relación de pareja ya que, estar en una relación seguramente te brindaba la sensación de sentirte amado y con ello el aumento de tu amor propio. Por otro lado al terminar la relación y perder tu fuente de amor es posible y comprensible que te sientas menos seguro o segura de tu valía personal.
 

¿Cómo podemos cultivar el amor propio si no contamos con el apoyo de una red cercana?

 
En estos casos, una opción es la práctica de la autocompasión, es decir, considerarte a ti mismo como un sujeto de amor y brindarte experiencias saludables que den cuenta de esta consideración.
 
La terapia se convierte también en una herramienta esencial. La relación terapéutica, si es construida sobre un modelo de apego seguro, ofrece una oportunidad única para sanar y fortalecer el amor propio.
 
Un terapeuta, a través de su escucha activa, validación emocional y apoyo genuino, puede ofrecer una experiencia de apego seguro que reestructure las conexiones cerebrales de una persona, permitiéndole sentir que es importante y digna de amor. A través de este proceso, la persona no solo trabaja en reparar sus heridas emocionales, sino que también fortalece su capacidad de amar y cuidarse a sí misma.
 
Conclusión: El amor es la base del amor propio
 
El amor propio no surge de un esfuerzo solitario ni de una afirmación superficial. Es el reflejo de las relaciones que hemos tenido, de los apoyos que hemos recibido y de cómo esos vínculos moldean nuestra percepción de nosotros mismos. Si realmente queremos ayudar a alguien a fortalecer su amor propio, debemos empezar por brindarle amor genuino, escuchándolo, apoyándolo y haciéndolo sentir importante.
 
Para aquellos que no cuentan con ese apoyo externo, la practica de la autocompasión y la terapia psicológica puede ofrecer un espacio seguro donde pueden experimentar una relación de apego seguro, lo que les permitirá reconstruir y fortalecer su amor propio desde la base neurobiológica de su ser.

 

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