Hace unos días caminaba con mi hijo menor por la calle cuando una pareja se me acercó a pedir limosna. Revisé mis bolsillos, pero no tenía efectivo. Andaba solo con la tarjeta, así que amablemente les dije que no y seguí caminando.
Pero apenas avancé unos metros, mi cerebro disparó uno de esos pensamientos veloces y dramáticos:
«¿Y si eran ángeles disfrazados? ¿Y si eran enviados por Dios para ponerte a prueba… y tú les dijiste que no? Ahora Dios te dirá que no a ti.»
Así, sin filtro.
Me reí por dentro. Pensé: “Ay, este cerebro mío, lleno de pensamientos automáticos…”
Y luego recordé algo que trabajo en terapia con tantas personas: qué bueno que ya no me creo todo lo que pienso.
Seguí caminando. El pensamiento volvió un par de veces más, queriendo instalarse, como suele pasar. Pero ya no se sintió como una verdad, sino como lo que era: una ocurrencia mental pasajera.
Y eso es libertad.
Tu cerebro piensa. Tu cuerpo siente. Pero tú no eres eso.
Después de una ruptura, por ejemplo, todo esto se vuelve más intenso. Basta un mensaje de tu ex, ver una foto, escuchar una canción… y se desata la tormenta:
Pensamientos rápidos, emociones densas, angustia en el pecho, ansiedad.
Todo eso es real, pero no todo eso eres tú.
El cerebro piensa: «Seguro me está buscando», «Capaz quiere volver», «Jamás voy a superar esto».
El cuerpo siente: opresión, vacío, taquicardia, ganas de llorar.
Pero en medio de todo eso, hay una parte tuya que puede decir:
“Estoy pensando esto. Estoy sintiendo esto. Y puedo quedarme aquí, sin actuar, solo acompañando lo que pasa.”
Esa parte tuya que observa, que nota lo que sucede sin dejarse arrastrar, eso es la consciencia.
¿Y qué es la consciencia, entonces?
La ciencia todavía no se pone de acuerdo en cómo definirla. Algunos dicen que es una función del cerebro. Otros creen que es algo más profundo, quizás incluso trascendente.
Pero todos podemos reconocerla cuando la sentimos:
Es esa capacidad de mirar lo que pasa sin ser lo que pasa.
Es ese lugar interno donde se ve el dolor sin fundirse con él.
No es magia, ni iluminación. Es práctica. Y muchas veces, se despierta justo en los momentos más incómodos.
La consciencia no evita el dolor, pero lo transforma
Volvamos al ejemplo del mensaje del ex.
Tu mente se acelera, tu cuerpo reacciona, y podrías fácilmente hacer algo impulsivo: responder, revisar redes, sobrepensar todo lo vivido.
Pero si hay consciencia, puedes quedarte quieto.
Respirar.
Observar.
Y decirte: “Mi cuerpo está dolido, mi mente está activa… pero yo estoy aquí, tranquilo, viendo pasar esto.”
A veces pasarás todo el día con esa sensación incómoda. Pero como cuando tienes resaca después de beber alcohol, sabes que es temporal. No es agradable, pero tampoco peligroso.
Es solo tu cuerpo y tu cerebro haciendo lo suyo…reaccionando.
Y tú, desde la conciencia, puedes estar presente, sin dejarte llevar.
¿Qué ocurre si no desarrollamos la consciencia?
Imagina que tienes un auto inteligente, que aprende de tus recorridos y velocidades diarias y que se va programando para que no seas tú quien lo maneje, sino que cada vez es capaz de manejarse solo según lo que aprende de ti. ¿Sería maravilloso no?
El problema sería que si te cambias de domicilio o dirección, el auto va a seguir en «automático» llevándote por los caminos anteriores, a menos que tomes el control, y seas tu quien lo dirija de nuevo para enseñarle nuevos caminos, direcciones y lugares.
Esto mismo ocurre con nuestro cerebro y nuestro cuerpo en el tiempo, desarrollan hábitos que tienden a repetir, a menos que utilices tu consciencia y seas tu quien dirige lo que ocurre dentro de ti, en tus pensamientos, en tus sentimientos, en tus emociones y en tus conductas.
Por esto es que, al término de una relación, es muy probable que quieras volver a comunicarte con esa persona, no tiene nada de extraño, es lo que tu cerebro y tu cuerpo han aprendido…hay que enseñarles otra vez.
Un espacio seguro dentro de ti
Esto no significa que el dolor desaparece. Pero sí cambia algo profundo: ya no estás solo dentro del dolor.
Estás tú, contigo.
Y cuando eso pasa, algo se ordena. Algo se calma.
Porque la consciencia es el único lugar donde nada te puede romper.
¿Y si empiezas a practicarlo hoy?
La próxima vez que sientas que algo te arrastra —un pensamiento, una emoción, un impulso—, haz una pausa.
Respira.
Y pregúntate:
¿Quién está mirando todo esto?
Ahí estarás tú.
Consciente. Presente. Entero…entera. Y tarde o temprano te sentirás mejor, descansando de tus pensamientos y emociones, porque los conoces, aceptas y respetas, pero ya no les haces caso.
¿Necesitas ayuda profesional?
En ocasiones este trabajo de desarrollar la consciencia puede resultar agotador o abrumador y confuso, por eso bien puede servirte tener un acompañamiento profesional.
Si es tu caso simplemente presiona el botón más abajo, ese es el primer paso.
Hugo Huerta Fernández
Psicólogo y Fundador de corazonroto®